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NOSOTROSCONTACTO 29 Sep, 2022

Raúl Carvajal descansa en paz: condenaron a los militares que mataron a su hijo

Semanas después, el domingo 8 de octubre de 2006 para ser precisos, apareció asesinado el cabo Raúl Carvajal, en el cerro de la Virgen, en el corregimiento de Lajas, en el municipio de Tarra, Norte de Santander. Se negó a asesinar civiles para hacerlos pasar por guerrilleros. Desafío la política macabra de los "falsos positivos"

Semanas después, el domingo 8 de octubre de 2006 para ser precisos, apareció asesinado el cabo Raúl Carvajal, en el cerro de la Virgen, en el corregimiento de Lajas, en el municipio de Tarra, Norte de Santander. Se negó a asesinar civiles para hacerlos pasar por guerrilleros. Desafío la política macabra de los “falsos positivos”

Por Ricardo Romero Silva – Escritor y columnista de El Tiempo

Feliz Navidad, don Raúl Carvajal, descanse en paz porque de voz en voz en voz sigue viajando la noticia de que a su hijo, el cabo, lo mataron por negarse a cometer un par de “falsos positivos”.

Mijo, ¿y qué?: ¿Cómo está eso por allá?–, le preguntó usted la última vez que hablaron.

Papá, esto aquí está muy feo; a mí me mandaron a matar a dos muchachos para hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate y yo no los quise matar. Yo me voy a retirar–, advirtió él joven militar, que hoy encarna a tantos soldados que se negaron a la rutina del horror, como quien va dejando migas de pan en el camino a la verdad.

Semanas después, el domingo 8 de octubre de 2006 para ser precisos, apareció asesinado en el cerro de la Virgen, en el corregimiento de Lajas, en el municipio de Tarra, Norte de Santander. Y usted, respetado don Raúl, se dedicó a contar la historia.

Que el hijo que llevaba su nombre pertenecía al Batallón de Infantería Antonio Ricaurte de Bucaramanga. Que, luego de nueve años de servicios al ejército, acababa de ser trasladado a la Unidad Destructor Uno de la Brigada 30 de la Segunda División.

Y no fue asesinado por un francotirador de las Farc en la tal Operación Serpiente, como se repitió hasta la maldad, porque en aquellas fechas no hubo enfrentamientos en aquellos parajes, sino que fue atado de pies y manos, golpeado, torturado, ejecutado a dos metros de distancia y manipulado por otros soldados para cerrarle el paso a su fantasma, a su verdad:.

Tenía la cabeza rellena de papel periódico“, dijo usted, don Ricardo. Hace diez años le dieron los huesos de su niño, en el camposanto donde habían sido enterrados, pues no había con qué pagar la sepultura. Y empezó su odisea para contar lo que pasó como pasó.

Pero Colombia ha sido la distancia entre la verdad y la justicia. Usted despertó seguro de su paso a seguir, ordenó a su familia que se hiciera a un lado porque “yo ya no quiero llorar a otro“, subió al furgón Dodge en el que llevaba comida de las veredas a las ciudades, el PAH 605 de Montería, con los restos del cuerpo que fue su hijo, y vino a la plaza de Bolívar de Bogotá, el mar que recibe todos los ríos que ha olvidado, a contarles este relato en la cara a tantos poderosos que se encogen de hombros entre la guerra:

Si usted supiera lo que duele la muerte de un hijo”, le gritó a Uribe en la plaza el domingo 20 de febrero de 2011, “ustedes no han querido dejar que se esclarezca este asesinato“.

Y se parqueó diez años en la avenida Jiménez con la carrera 7.ª a esperar justicia. Y pidió a Dios que le dejara vivir hasta que esta historia pasara de vida en vida.

Murió el sábado 12 de junio de este año, a los 73, por culpa de la peste escabrosa que ha sido el fin de 129.534 colombianos. Escuchó que su hijo era uno de los 6.402 “falsos positivos” con los que dio la JEP. Pero no alcanzó a ver a Santos pidiéndoles “perdón a todas las familias, víctimas de este horror, desde lo más profundo de mi alma”.

No supo que al principio de esta Navidad –la moraleja de la Navidad es, se sabe, que vivir es volver a nacer– 21 militares aceptaron cargos por cientos de ejecuciones extrajudiciales; no imaginó que su gente vendría aquí, a Bogotá, a seguir su tarea, a pedir que su furgón quede parqueado en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación:

Necesito que mi hermano y mi padre descansen donde quiera que estén”, dijo su hija Doris en un funeral plagado de tapabocas, “ni siquiera sabía que esto era silencio“.

Feliz Navidad, señor Carvajal, descanse en paz que usted –con su historia a cuestas– no solo es el personaje de este año en el que fuimos llamados a decirnos la verdad, sino que será siempre el colombiano que dejó en claro que ningún padre merece ser evangelista de su hijo.

Página del autor www.ricardosilvaromero.com

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