SINDICATO UNITARIO DE LA GOBERNACIÓN DEL VALLE DEL CAUCA
NOSOTROSCONTACTO 22 Oct, 2021

“Consolidar la paz tomará años, pero hay que hacerlo”, asegura desmovilizado del “Quintín Lame” (Reportaje)


En criterio del ex-guerrillero del Quintín Lame, es esencial pensar en la tierra para los campesinos, indígenas y afros, y brindarles garantías de crédito, suministro de insumos y capacitación para que siembren y comercialicen sus productos. “Tomará años consolidar la paz, pero hay que hacerlo desde ahora”, asegura.

Por Fernando Alexis Jiménez

 
A Mario Ulcué lo reclutaron para ser parte de las filas del Quintín Lame en la misma finca en la que sembraba cualquier cosa para sobrevivir junto con sus padres. La llamada a enguerrillerarse  le llegó por otro trabajador de las cosechas. “Usted no querrá seguir siempre aquí,  trabajando  para los terratenientes, ¿verdad?“, le dijo. Y ese interrogante le llegó a lo más profundo de su ser, y no podía dormir. Ocurrió por varios días. Cuando su madre se levantaba a las tres de la mañana para preparar el desayuno y empacarles el almuerzo, Mario ya tenía los ojos bien abiertos, como los insonmes de Macondo que describe Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad“. Luego no podía pensar en otra cosa: Irse para la montaña o quedarse. La indecisión le jugaba malas pasadas. Unas veces pensaba que sí, que valía la pena, otras que era mejor quedarse con los viejos tirando azadón.

Una semana después se encontró con su compañero de labores, en el pueblo. Iba a vender plátanos y hortalizas, las que producían las entrañas de la chacra familiar. “Listo, me voy con ustedes. Dígame qué hay que hacer…”. Ese fue el comienzo de ocho años al lado de las filas insurgentes del Movimiento Armado “Quintín Lame“. 

Jamás olvida la noche en que, mientras intentaba conciliar el sueño, escuchó un ruido muy agudo cerca de su oído derecho. Pensó que los zancudos en lo profundo de la selva eran de acero, y que su vuelo rompía el silencio como los cohetes que lanzaban en las fiestas patronales del pueblo, sin avisar pero “Quítese de ahí, si no quiere que lo quemen. Segundos después tomó conciencia que se trataba de un asalto del Ejército y que pese al aturdimiento, estaba en medio de un combate. “Pensé en mi madre, en mis hermanos, en la finca. Pensé en todo. En pocos segundos, mi vida entera pasó por mi mente como en una película de esas que iba a ver cuando pequeño, de Cantinflas. Muchas imágenes, rapidito, de mi niñez, de mi juventud, de todo.“, relata.

Hoy Mario Ulcué trabaja cultivando esa misma chacra que añoró en esos breves instantes en que estuvo a punto de morir. Sus padres ya murieron, está casado, tiene dos hijos estudiando y recuerda su pasado en la insurgencia como un período que valió la pena en su momento, pero insiste que los de ahora son tiempos de diálogos, de paz. “No imagino un país en el que crezcan mis hijos destruido por una guerra sin fin; porque no son solo mis hijos sino que serán mis nietos los que también sufrirán. Y no es justo que ellos vivan la misma violencia que me tocó a mi desde mi juventud.” Este hombre que raya los sesenta años, se desmovilizó junto con 130  combatientes del Quintín Lame el 31 de mayo de 1991.

Mario Ulcué considera que en su momento, la lucha armada del “Quintìn Lame”  tuvo sentido.
Consolidar la paz tomará tiempo

Conocí a Mario Ulcué durante un diplomado sobre el conflicto armado y el post conflicto que dictan actualmente la Fundación Cultura Democrática, la Arquidiócesis de Cali y la Alta Consejería para la Paz y los DD.HH. del Valle del Cauca. Este ex-guerrillero es de pocas palabras, pero cuando habla, tiene mucho que decir en medio de su hablar pausado, que mide cada palabra con la misma parsimonia de un cirujano que escoje cuidadosamente los instrumentos para operar a alguien a quien debe salvarle la vida. “Creo que estamos en el momento oportuno para firmar la paz con las FARC-EP y el ELN; pero también creo que los colombianos no debemos esperar resultados inmediatos. Es un proceso de consolidación que puede tomar entre quince y veinte años. Es entonces cuando se verán las consecuencias positivas de haber negociado la dejación de armas. ¿Recuerda el M-19? Mire, apenas hoy estamos viendo lo positivo del proceso con ellos“.

El día que Mario entregó su fusil, en Pueblo Nuevo–un campamento de la zona rural de Caldono–, sintió que no debía arrepentirse de su decisión. Claro, estaba dejando el fierro que lo acompañó por años, y que era a la vez su amigo, confidente y salva-vidas. Al igual que él, poco tiempo antes se habían desmovilizado en Colombia combatientes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y un buen número de militantes del Ejército Popular de Liberación (EPL). Las negociaciones entre el Gobierno Nacional y el Movimiento Armado “Quintín Lame” tomaron cerca de un año.

Cuando nos dijeron que íbamos a desmovilizarnos, muchos pensamos: “Los comandantes la embarraron”. Recordábamos con dolor a los compañeros que murieron luchando. Otros estaban felices, y se tomaron el desayuno con la  misma alegría de un muchacho pequeño cuando le dicen que lo llevarán al pueblo, a un día de mercado.  No veían la hora de dejar todo esto: Las armas, los combates, la lucha en las montañas, caminando sin un rumbo fijo: Hoy aquí, mañana allá…“, recuerda.

La tierra, un tema fundamental

Para Mario Ulcué el actual proceso de paz debe tener un eje transversal: La tierra y oportunidades para que los campesinos–en su gran mayoría hoy combatientas de las FARC-EP y del ELN–, puedan retornar con plenas garantías a sus veredes y corregimientos. Las oportunidades incluyen la formación para desarrollar una buena labor agrícola, la titulación de tierras y créditos con tasas de interés por debajo de las que hoy le ofrecen los bancos a los cultivadores.

La Colombia del post conflicto será rural. Si hoy como dice el doctor Cardozo, el 80% de los colombianos viven en las ciudades, entonces debemos invertir la proporción y que los campesinos cultivadores sean más del 20%. Que el número crezca en los campos. Ese es el futuro de consolidar la paz“, asegura con la misma esperanza de quien se aventura a mirar el mañana con la expectativa y la certeza de que está a pocas horas de tornarse realidad.

Tras la dejación de las armas, el Quintín Lame tuvo representantes en la Asamblea Nacional Constituyente. Estuvo a la cabeza de Alfonso Peña, un ex comandante indígena que debió dejar la ruana que lo acompañó por años en la montaña junto con las botas pantaneras de caucho y el sombrero que por el sudor llegó a oler a diablos, y vestir traje formal para entrar al recinto del Congreso a exponer las expectativas de sus coterráneos indígenas.

Entre los puntos que enarboló en nombre de sus compañeros, estaban la defensa de la igualdad de los pueblos indígenas, la extinción de las leyes orientadas a la desaparición de los resguardos, el rechazo a la servidumbre,  la afirmación de la autoridad de los cabildos indígenas, la recuperación de terrenos en poder de unos pocos, y la defensa de los valores ancestrales de los pueblos indígenas.

El movimiento armado “Quintìn Lame” era considerado un movimiento de reinvindicaciòn de tierras
Una historia de guerra que terminó en diálogo y desmovilización

El Movimiento Armado “Quintín Lame” surgió con 200 hombres entre 1979 y 1980 en el departamento del Cauca, a raíz de los agudos enfrentamientos por la tenencia de la tierra. Nunca fue considerado como un grupo guerrillero, sino como un movimiento de autodefensa indígena. Sus consignas siempre estuvieron encaminadas a exigir el derecho que tenían las comunidades indígenas sobre la tierra, a que se les respetara su idioma, sus tradiciones, sus costumbres y su forma de vida.

Las primeras armas las consiguieron producto de incursiones nocturnas a las haciendas, de las que sustrajeron escopetas, revólveres y unas cuantas ametralladoras mini Uzi, novedosas en aquél momento. Con el tiempo se fortalecieron gracias a los contactos que establecieron con las organizaciones “Alfaro Vive ¡Carajo!”, del Ecuador, y Sendero Luminoso y el Tupac Amarú, del Perú.

Tomaron su nombre de Manuel Quintín Lame, lìder indìgena que en  1913 lideró un movimiento para recuperar por la fuerza territorios en San Isidro, Totoró, Paniquitá, Pisojé, Miraflores, Coconuco, Guare, Poblazón y Silvia, en el Cauca. A su propuesta se unieron indígenas de Tierradentro con Rosalino Yajimbo a la cabeza. Igualmente lìderes natuvos como  Togoima, Avirama, Suin Chinas, Lame, Mosoco y otros quienes se oponían a la invasión de los blancos a los Resguardos de Inzá  y a la segregación de tierras de los Resguardos lindantes con el recién creado pueblo de Belalcázar.

Manuel Quintín Lame fue herido y detenido en Cohetando el 22 de enero de 1915. Los militares, con el apoyo de los hacendados  y colonos realizaron una gran represión. Quintín Lame fue liberado nueve meses después.
La defensa de la tierra, objetivo de los indígenas
Los dirigentes del “Quintìn Lame” le apostaron a la paz
 
En febrero de 1916 se dio la toma de Belalcázar. Los seguidores de Quintín Lame se extendieron en el Cauca alcanzando zonas del Valle, Huila, Tolima, Nariño, donde se promovía su nombramiento como cacique general. 

El 10 de junio de 1916, ante la presión de los hacendados, Quintín Lame fue detenido cuando se encontraba leyendo en Puracé una proclama-programa de gobierno.  Lo dejaron en libertad el  21 de mayo del mismo año, y desde septiembre, en Tierradentro, se dedicó a organizar el levantamiento indígena. Los hacendados y el gobierno organizaron un grupo indígena armado al mando de Pío Collo, indígena y coronel de fuerzas gobiernistas en la guerra de los Mil Días, para enfrentar a Lame.

El 12 de noviembre de 1916 se produjo la toma de Inzá por los indígenas: el Alcalde y la fuerza de Pío Collo tuvieron que huir. Fuerzas del ejército y la policía llegaron de La Plata, Popayán y Cali para combatir el levantamiento indígena de Quintín Lame.  La resistencia indígena se quebró: Quintín Lame logró huir a Totoró, pero Yajimbo fue apresado por Pío Collo para morir en la cárcel de Popayán. El movimiento indígena armado se desplazó al flanco occidental de la cordillera adoptando la forma de pequeñas guerrillas que se movían entre Silvia y Polindara atacando las haciendas y en espera de un levantamiento general armado. 

Quintín Lame y varios de sus secretarios fueron apresados en una celada en El Cofre, Municipio de Cajibío, por Pío Collo el 9 de mayo de 1917. Quintín Lame estaría detenido hasta 1921, fecha en la cual se retiró al sur del Tolima donde continuó su lucha.

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