SINDICATO UNITARIO DE LA GOBERNACIÓN DEL VALLE DEL CAUCA
NOSOTROSCONTACTO 17 May, 2022

Internacional

ppotes05/14/2022
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En muchos países, para que a un individuo lo intercepten, se requiere de la sospecha razonable y justificada de que cometió una infracción. Acá, en México, y en otros países latinoamericanos solo se requiere de la voluntad del agente y no hay quien le pida cuentas.

Por Catalina Uribe Rincón


Durante un viaje a México, la persona que atendía el alquiler de carros me entregó las llaves y me advirtió algo así: “Si la detiene algún policía, no le entregue su licencia de conducción, muéstresela a través del vidrio. Por ninguna razón baje la ventana”.

La advertencia obedecía a una supuesta práctica en que la policía tomaba el documento y esperaba una “colaboración” del conductor para devolverlo.

Durante ese viaje volví a recrear el pequeño miedo que sentía cuando era menor y veía un policía a lo lejos, de tránsito, sobre todo, pero las alarmas se me prendían con todos los demás. En mi infancia era recurrente la advertencia de que la policía detenía a la gentepara ver qué le encuentra” y que era mejor no mirarlos y acelerar.

Volví a pensar recientemente en “las paradas de la policía” mientras tenía una conversación con el gerente de una cadena de hoteles en Bogotá.

Hablando de la inseguridad y de las formas en que las autoridades intentan combatirla, me contó de algunas modalidades de robo.

Una de ellas consiste en policías falsos que abordan con cualquier excusa a turistas previamente fichados y les piden sus pasaportes. Los turistas, asumiendo que la práctica de parar ciudadanos para asuntos de rutina no es sospechosa, dan sus pasaportes que son luego apropiados por los ladrones, quienes exigen un dinero a cambio. Por lo general, el turista tiene un viaje próximo y paga lo que sea por recuperar su documento.

El problema de que se haya vuelto una práctica común que la policía pare “para ver qué encuentra” no sólo debería estar pendiente de reconsideración por inocua; tal licencia resuelve menos la criminalidad que “el diciembre” de algunos policías.

Hay otra razón de más urgencia: se empieza a aceptar una práctica que, aunque sin pretenderlo, facilita delitos cada vez más graves.

En muchos países, para que a un individuo lo intercepten, se requiere de la sospecha razonable y justificada de que cometió una infracción. Acá y en otros países latinoamericanos solo se requiere de la voluntad del agente y no hay quien le pida cuentas. Algo sospechoso en términos de derechos, pero que hoy es clave revisar en términos de daños concretos.


Publicado originalmente en el Diario El Espectador


 


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Las mágicas selvas del departamento de Chocó se convirtieron en la peor trampa para una columna guerrillera que desembarcó allí proveniente de la isla de Cuba en marzo de 1981. Esa aventura concluyó con la desaparición a manos del Ejército Nacional de 35 de sus integrantes. El escritor Darío Villamizar recuperó esa historia.

Publicado originalmente en el Portal Verdad Abierta


El 6 de febrero de 1981 un grupo de 40 guerrilleros del Movimiento 19 Abril (M-19) llegó a las playas de la Ensenada de Utría en la zona media del departamento de Chocó. Venían de recibir instrucción militar y política en Cuba, y se aprestaban a iniciar una larga caminata entre la manigua para alcanzar las estribaciones de la cordillera Occidental, en límites con Antioquia y Risaralda.

Ninguno de los que viajó desde la isla del Caribe conocía con detalle la región. Eso sí, los animaba el espíritu insurgente, “las ganas de echar pa’lante” y buscar a través de las armas un camino para un mejor país, estimulados por el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua. Pero eso no sería suficiente.

Entre ese grupo de combatientes del M-19 venía Carmenza Cardona Londoño, más conocida en el país como ‘La Chiqui’, una mediática guerrillera que condujo las negociaciones con el gobierno del entonces presidente Julio Cesar Turbay Ayala (1978-1982) luego de la toma de ese grupo subversivo a la Embajada de República Dominicana en Bogotá el 27 de febrero de 1980 para canjear a los diplomáticos por presos políticos.

Darío Villamizar, escritor y ex militante del M-19, autor de un episodio desconocido del M-19 en el Chocó

Tras unas prolongadas negociaciones, que concluyeron el 27 de abril de ese año, el comando del M-19 entregó a los funcionarios y, a cambio, los guerrilleros fueron enviados a Cuba. Varios de ellos regresarían un año después al país, armados y preparados para continuar la guerra, pero se enfrentaron a la selva chocona, las comunidades indígenas y a las tropas del Ejército. Entre todos ellos doblegaron, sin misericordia, el espíritu insurgente tres meses después de aquel desembarco.

La tragedia se avizoró desde el segundo día del desembarco: “En estos momentos comenzaron a perfilarse los errores que se cometieron en la organización de este trabajo.  No había comida, ni siquiera sal, no había plásticos suficientes ni medicamentos, no existió un campamento apropiado ni caminos ni información de la zona”, escribió luego Ventura Díaz, uno de los guerrilleros inmerso en aquella aventura y quien sobrevivió a aquella singular marcha, junto con otro de sus compañeros.

Ese profundo drama contrastó con las nuevas percepciones de la situación del país que con juicio consignaba ‘La Chiqui’ en su diario a medida que avanzaban en la cerrada manigua chocoana. El 18 de abril, sábado, escribió: “Yo veo ya lejos la camioneta donde hice la negociación, la concepción de la guerra ha variado mucho en este año, no es con diálogos que ganaremos la guerra, es al calor de las balas y hombro a hombro con el pueblo”.

Pero los cambios también estaban del lado del gobierno nacional y de sus Fuerzas Armadas, que se habían modernizado, eran más eficaces y no escatimaban recursos ni las frenaban las normas del respeto a los derechos humanos para combatir la insurgencia, como lo hizo en la selva chocoana.

Esa tragedia aún continúa para las familias de los insurgentes, pues 35 de ellos, ‘La Chiqui’ incluida, continúan desaparecidos luego de ejecutada la Operación Córdova por tropas de la VIII Brigada del Ejército. De hecho, la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), creada bajo el Acuerdo de Paz firmado entre el Estado colombiano y la extinta guerrilla de las Farc, dispuso desde 2019 un plan de búsqueda de los restos de esos excombatientes, sin que se conozcan públicamente resultado alguno.

Entrega de armas por parte del M-19, en una etapa en que le creó a los gestos de paz del gobierno nacional. En la gráfica el comandante Carlos Pizarro Leóngomez – Foto Revista Semana

De lo ocurrido en la manigua chocoana se ocupa el nuevo libro de Darío Villamizar, escritor y exintegrante del M-19, titulado “Crónica de una guerrilla perdida: la historia inédita de la columna del M-19 que desapareció en la selva del Chochó” (Penguin Random House Grupo Editorial, 2022), que fue presentado el pasado viernes en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO).

VerdadAbierta.com abordó a Villamizar un día antes de su presentación en la FILBO para hablar de las sensaciones que le ha dejado rastrear y escribir estos sucesos, así como de sus principales protagonistas y sus consecuencias. Advirtió que “es una historia triste, de muerte, de desapariciones”.

La guerrilla del M-19, de naturaleza principalmente urbana, tuvo una gran acogida entre la juventud. En el centro de la fotografía la legendaria guerrillera “La Chiqui”.

Revisión de los hechos

VerdadAbierta.com (VA): Las historias de la insurgencia armada están muy desvalorizadas en el país y en buena parte de América Latina. ¿Por qué arriesgarse con una crónica sobre hechos ocurridos hace cuatro décadas?

Darío Villamizar (DV): Tienes razón, estos no son temas de todos los días ni de todas las horas, son temas que han ido pasando un poco. Yo me lo explico en la medida que el conflicto político armado ha ido decreciendo, ya no hay la intensidad de los años ochenta; sin embargo, éstas siguen siendo historias desconocidas.

Fíjate que esta crónica lo que cuenta es eso: una historia que ocurrió hace mucho tiempo, pero de la cual se sabe poco; incluso, quienes hacíamos parte del M-19 no conocíamos esa historia. Teníamos unas referencias muy generales, de qué mandos o de qué personas habían muerto ahí o estaban desaparecidas, cuál era la intención general de esa operación, pero no teníamos el detalle que, finalmente, se pudo consignar en el libro.

Yo creo que esa es una de las razones fundamentales: dar a conocer estas historias, que no se pierdan y, sobre todo, historias de personas como ‘La Chiqui’, que fue una mujer emblemática para la guerrilla en Colombia y que muy poco se supo de su final. Ella misma nos deja ver en el diario que escribió cómo fueron esas tristes semanas de 1981.

VA: ¿La información en el M-19 era tan compartimentada que ese suceso no fue revelado en su momento en la organización?

DV: La información se conoció, básicamente, por la prensa, pero la información era compartimentada; además de eso, se sucedían acciones tras acciones, entonces casi que de inmediato vino una acción muy grande, la del Karina, el barco que quiso entrar por el Pacífico y que fue hundido por la Armada. Esa fue una operación que ocurrió dos meses después de los sucesos del Chocó.

Entonces una operación iba opacando otra operación, y no eran muchos los espacios para discutir esto que estaba ocurriendo. Por decirte que la siguiente reunión grande después de estos sucesos fue en 1982. Antes no hubo otros momentos para discutir, para pensar, para analizar qué era lo que estaba ocurriendo.

Al caribeño, Jaime Báteman Cayón, se atribuye el ser uno de los fundadores de la guerrilla urbana del M-19, inspirada en la legendaria insurgencia de los tupamaros.

VA: A través de la tragedia que vive la columna de guerrilleros que desembarcó en las playas choconas, se percibe una dirigencia desconectada de la realidad de los territorios, de las comunidades. ¿Es así?

DV: Hubo una sobrevaloración de la fuerza. Pretender que 40 combatientes atraviesen esa selva profunda como es el Chocó en unas condiciones de mínimos o casi nulos apoyos de comunidades era un despropósito por decir lo menos. Creo que no hubo un estudio previo de las condiciones políticas, económicas y sociales de la región. Y no se contó con unos apoyos suficientes para hacer esa travesía.

Listado de desembarcados en la Ensenada de Utría

VA: ¿Podemos concluir entonces que fue una operación improvisada?

DA: Yo creo que ahí sí hay improvisación y aparte de eso también creo que hay mucho voluntarismo, mucho afán de hacer las cosas. En alguna parte del libro digo que la época era casi una consigna de dos palabras: “Hágale, compañero”. Y significaba seguir para adelante, pese a las dificultades y a las contingencias que se estaban presentando, para lograr los propósitos que se tenían.

Todo eso se sintetiza en una palabra, voluntarismo, que fue un elemento que dominó por un largo tiempo el accionar del M-19.

En esta camioneta van se realizaron por más de cincuenta días, las negociaciones entre el gobierno nacional y el M1-9 en cabeza de la legendaria “Chiqui”, cuyo nombre real era Carmenza Cardona Londoño.

VA: En un aparte del libro, uno de los guerrilleros que desertó de aquella operación calificó al M-19 de oportunista, inmediatista, socialdemócrata y aventurero. ¿Está de acuerdo con esa descripción?

DV: Yo no la comparto. Tal vez lo único que compartiría de esa afirmación, de esas cuatro categorías, digámoslo así, es la de socialdemócrata porque el M-19, a partir de 1980, empieza a identificarse con esa corriente política que tenía muchísima fuerza en ese momento en el mundo.

Pero las otras no lo comparto. Por supuesto que hubo momentos de improvisación, de falta de planeación, de excesiva confianza en la propia fuerza, pero de ahí de catalogar a la organización y a la dirigencia como oportunista es un concepto que no comparto.

VA: En algunos apartes de su libro se perciben algunas acciones del M-19 como ingenuas. ¿Considera que el M-19 fue una guerrilla ingenua?

DV: Si, puede ser ingenuidad.  Yo creo que esa excesiva confianza en la propia fuerza tiene un trasfondo de ingenuidad. Creo que desconocer los avances los avances que tenía la Fuerza Pública también es un poco de ingenuidad.

Pero también tenemos que partir de una realidad muy concreta y es que estábamos viviendo bajo el Estatuto de Seguridad, un periodo muy complejo para el país, donde el respeto a los derechos humanos fue mínimo; qué no decir del respeto a los combatientes. No había una situación favorable para actuar de otra manera.

Te aceptaría lo de la ingenuidad, pero dentro de esas categorizaciones. Pero no era una ingenuidad que buscara perjudicar a la organización. La palabra oportunismo si creo que tiene mucho de eso, satisfacer un interés personal o grupista.

Una escena dolorosa para Colombia: el gobierno se negó a entrar en diálogo con la guerrilla del M-19 y prefirió sacrificar la vida de decenas de civiles.

VA: Una vez concluida su crónica, ¿cambió en algo su percepción sobre Jaime Bateman, el máximo dirigente del M-19 en aquellos años?

DV: Yo creo que él pudo haber hecho más en ese momento, pudo haber profundizado una reflexión, pudo haber analizado y haber avanzado en una autocrítica. Claro, decir esto más de 40 años después es muy sencillo, pero creo que sí era necesario que el M-19 hubiera ordenado muchos más espacios de mayor discusión y deliberación.

Ahora había una situación que también dificultada todo. La organización estaba estructuralmente incompleta. La cabeza la había prácticamente arrancado. Todos los miembros del Comando Superior y muchos de la Dirección Nacional estaban presos. Y habían pasado por detenciones arbitrarias, por la tortura. El único del Comando Superior que estaba libre era Jaime Bateman, quien estaba dirigiendo una organización en condiciones bastante precarias de acompañamiento. Eso también puede explicar un poco las dificultades y las incongruencias.

Hubo mandos que asumieron tareas para las cuales no estaban preparados porque otros mandos mejor preparados y con mayor formación estaban presos.

VA: Para aquella época de los hechos, ¿cuál era su función en la estructura del M-19?

DV: En 1981 estaba fuera del país, estaba haciendo lo que nosotros llamábamos trabajo internacional, que era un trabajo amplio, abierto y también clandestino. Yo estaba en Ecuador, eso no es un secreto, porque en alguna oportunidad me detuvieron y, por supuesto, que eso se conoció.

Jaime Báteman Cayón, antes de morir en un accidente aéreo, le propuso al gobierno nacional avanzar hacia la concresión de una paz dialogada.

“Solidaridad” de Cuba y Panamá

VA: Su crónica deja muy claro el papel que los gobiernos de Cuba, con los hermanos Castro a la cabeza, y Panamá, con Omar Torrijos, tuvieron un papel clave en la operación que llevó a los 40 combatientes a la Ensenada de Utría. ¿Qué análisis hace al respecto?

DV: Esas situaciones se veían como solidarias. Estamos hablando de 1980, 1981: había triunfado la revolución sandinista en Nicaragua (1979) y era un momento de máximo avance de las fuerzas revolucionarias en Centroamérica. Es decir, había toda una euforia en favor de la lucha armada, eso no se puede negar.

De manera que ese apoyo cubano con relación a la capacitación militar se veía como parte del internacionalismo, como la solidaridad que ellos, por el hecho de ser una revolución avanzada, brindaban a los movimientos revolucionarios de América Latina. No fue sólo al M-19, sino a muchísimas organizaciones del continente y de otros continentes.

Y con relación a Panamá diría lo mismo, estaba a la cabeza del gobierno Omar Torrijos, un militar nacionalista, revolucionario, que había logrado que el canal transoceánico pasara a manos panameñas; además, y, además, tenía una preocupación por la paz en Colombia.

VA: ¿Y cómo ese interés de Torrijos se articulaba con las operaciones del M-19?

DV: Estamos en 1981, y para ese momento la organización había hecho propuestas relacionadas con la posibilidad de una negociación política del conflicto. Jaime Bateman, durante la toma de la Embajada de República Dominicana había escrito una propuesta de paz.

De manera que el M-19 buscaba con estas acciones del Chocó, Nariño y Putumayo, acortar los tiempos de la guerra, había las condiciones para seguir cabalgando sobre una propuesta de paz y en eso se mantuvo durante la década de los años ochenta hasta lograr la paz en el noventa.

VA: Con la creación de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, ¿usted cree que ambos países, como Estados, deberían aportar algo al respecto de ese tipo de apoyos a la insurgencia colombiana?

DV: No sé si la Comisión de la Verdad ha avanzado en ese sentido, pero creo que parte de la verdad y de las incógnitas que todavía existen sobre el conflicto están en esos países. De hecho, los cubanos en una época tuvieron unos archivos muy organizados de todas sus actividades, no los dejaban ver, pero tenían registros de lo que hacían, de quiénes, cómo, dónde, con quién y por qué, sí lo tenían. Verlos sería un gesto para alcanzar una verdad más integral de lo ocurrido en Colombia.

La retoma del Palacio de Justicia por parte del ejército, llevó a que civiles fueran literalmente sujetos a “ejecuciones sumariales” por considerarlos cercanos al M-19.

En busca de los cuerpos

VA: ¿Cuál es su valoración sobre el comportamiento del Ejército en la persecución, eliminación y desaparición de los combatientes del M-19 en Chocó?

DV: El Ejército actuó en esta operación como estaba actuando en muchas otras actividades antisubversivas, sin ningún miramiento a los derechos humanos. Recordemos que estaba vigente el Estatuto de Seguridad, bajo el cual las Fuerzas Armadas tenían un visto bueno para sus actuaciones.

Recordemos también que organismos internacionales como al Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional estuvieron atentos al desarrollo de las violaciones a los derechos humanos en Colombia.

Este es un caso de desaparición forzosa, de los 40 combatientes que llegaron a la Ensenada de Utría 35 están desaparecidos. El hecho ha sido conocido por la UBPD, que ha hecho varias misiones de prospección. Creo que todavía hay una gran parte de la verdad de lo que ocurrió que está por resolverse y puede resolverse por la vía de la localización de los cuerpos de las personas que se encuentran desaparecidas.

VA: ¿Habrá militares activos, o por lo menos vivos y ya retirados, que puedan saber de esa operación y de lo ocurrido con los combatientes?

DV: Yo estuve tanteando por esos lados y no tengo información directa de personas que hayan participado en los sucesos.

VA: ¿Su libro tiene algún mensaje para el Ejército?

DV: Sé que varios oficiales en servicio activo o en retiro han leído el libro, y claro, en el fondo lo que quisiéramos todos es que de parte del Ejército se diera la mayor información posible. Casos como el que relato de la familia Montaña Sanabria, en la que nueve personas de esa familia estuvieron comprometidas en estos hechos de parte de la guerrilla. Son familias que aún están esperando conocer a fondo la verdad de lo que ocurrió.

VA: ¿Cuál ha sido la tarea de la UBPD en este caso?

DV: La Unidad de Búsqueda ha hecho su tarea en distintas partes del territorio, pero no ha tenido resultados exitosos, de manera que no hay ninguna evidencia aún.

Ejercicio de memoria

En la gráfica el escritor Darío Villamizar. Vivió las mejores épocas de lucha del M-19, según lo relata.

VA: En medio de los hechos de hace cuatro décadas y ahora en la búsqueda de los restos están las comunidades afros e indígenas del Chocó. ¿En el desarrollo de su investigación, tuvo la oportunidad de hablar con algunos de sus voceros o voceras?

DV: Sí. Para este trabajo hice cuatro viajes a Chocó, el primero de ellos fue a la Ensenada de Utría, donde desembarcaron, ahí tuve la oportunidad de hablar con pobladores de la región, que en aquellos años eran jóvenes, y con dos de los tres de los conductores de los botes en los que se transportaron los combatientes (el terceo ya había muerto), y con sus familias.

Después ya las regiones más hacia la cordillera Occidental, en la zona habitada por afrodescendientes e indígenas Emberá, hablé con pobladores. En el libro está el acta de defunción de doce guerrilleros que, presumiblemente, fueron enterrados en una población que se llama Piedra Honda, por los lados del Alto Andágueda, habitado por unas 300 personas, donde hay mucha pobreza.

Ahí tuve la oportunidad de hablar con hombres y mujeres que, en esa época también estaban muy jóvenes, y pudieron ver situaciones como, por ejemplo, el desembarco de los cuerpos que llevaron a esa población en helicóptero. Las personas recuerdan estos hechos con tristeza.

VA: No fue fácil para esas comunidades la situación. Les llegaba la guerra.

DV: Es una población afro e indígena afectada: unos armados que llegaron a su territorio sin nadie haberlos llamado; detrás de ellos llegaron otros armados que también venían con intención de capturarlos o de darlos de baja.

VA: ¿Habló con las familias sobre el tema? ¿Cómo han reaccionado a su historia?

DV: Algunas familias lo han leído, particularmente hay una familia en la que tres de sus integrantes lo leyeron muy emocionados y se han conmovido profundamente. Hay familias que durante 40 años no supieron nada de esta historia, entre ellas la mamá de ‘La Chiqui’, a quien personalmente le entregué una copia de su diario. Ella me dijo que es lo primero que recibe de su hija en 40 años. Ese es el nivel de los sentimientos que están puestos en el libro.

VA: Por último, poco se habla de combatientes guerrilleros desaparecidos en combate a manos del Ejército. Casos como el de Chocó debe haber en otros lados. ¿Por qué es necesario saber de eso en el país?

DV: Generalmente se habla de guerrilleros muertos en combate, pero poco se dice de guerrilleros que fueron desaparecidos, pero es un hecho. En este caso mis preguntas a mí mismo, y mis preguntas en el libro, y mis preguntas a los otros actores armados son: ¿dónde están sus cuerpos?, ¿dónde fueron enterrados?


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Ensayo de la escritora bielorusa y premio Nobel, Svetlana Alexiévich , publicado originalmente en la Revista Granta en español

Publicado originalmente en la revista literaria Granta


En 1986 decidí no volver a escribir sobre la guerra. Después de acabar mi libro La guerra no tiene rostro de mujer, durante mucho tiempo no pude soportar ver a un niño a quien le sangrase la nariz. Supongo que cada uno de nosotros tiene una determinada capacidad de protección contra el dolor; la mía se había agotado.

            Dos acontecimientos me hicieron cambiar de opinión.

            Iba conduciendo hacia un pueblo y recogí a una niña por el camino. Había ido a comprar a Minsk y llevaba una bolsa de la que sobresalían cabezas de pollos. En el pueblo nos recibió su madre, llorando junto a la verja del jardín. La niña corrió hacia ella.

            La madre había recibido una carta de su hijo Andréi. La carta tenía remite de Afganistán.

            —Lo traerán como trajeron a Iván el de Fiodorina —dijo—, y cavarán una tumba para meterlo dentro. Mira lo que escribe: «Mamá, ¿no es estupendo? ¡Soy paracaidista…!».

            Y después hubo otro episodio. En la zona de espera medio vacía de la estación de autobuses de la ciudad había un oficial del Ejército sentado con una maleta. A su lado, un muchacho delgado con corte de pelo militar escarbaba con un tenedor en el tiesto de una planta de plástico. Dos mujeres de campo se sentaron al lado de los hombres y les preguntaron quiénes eran. El oficial les contestó que estaba escoltando a casa a un soldado raso que se había vuelto loco.

            —Lleva escarbando desde que salimos de Kabul con cualquier cosa que cae en sus manos: una pala, un tenedor, un palo, una pluma.

            El muchacho alzó la mirada. Tenía las pupilas tan dilatadas que parecían cubrirle los ojos enteros.

            Y en esa época la gente seguía hablando y escribiendo sobre nuestro deber internacionalista, los intereses del Estado, nuestras fronteras al sur. La censura se encargaba de que los informes de la guerra no mencionasen a nuestras víctimas mortales. Sólo se oían rumores de notificaciones de fallecimientos que llegaban a cabañas en zonas rurales y de ataúdes de zinc reglamentarios que entregaban en viviendas prefabricadas. No tenía intención de volver a escribir sobre la guerra, pero me vi inmersa en una.

            Durante los tres años siguientes hablé con muchas personas en mi país y en Afganistán. Cada confesión era como un retrato. No son documentos, son imágenes. Intentaba presentar una historia de los sentimientos, no la historia de la guerra misma. ¿Qué pensaban las personas? ¿Qué las hacía felices? ¿Cuáles eran sus miedos? ¿Qué permanecía en su memoria?

            La guerra de Afganistán duró el doble que la segunda guerra mundial, pero sólo sabemos de ella lo poco que resulta seguro que sepamos de ella. Ya no es ningún secreto que cada año, durante diez años, 100.000 soldados de las tropas soviéticas fueron a luchar en Afganistán. Oficialmente, 50.000 hombres resultaron muertos o heridos. Se puede creer esa cifra si se quiere. Todo el mundo sabe cómo hacemos las sumas. Aún no hemos acabado de contar ni de enterrar a todos los que murieron en la segunda guerra mundial.

            En el relato que sigue no he mencionado los nombres reales de las personas. Algunas pidieron que sus testimonios fueran confidenciales; respecto de otras, no considero que pueda exponerlas a una caza de brujas. Vivimos todavía tan cerca de la guerra que no hay escondite alguno para nadie.

            Una noche dormía cuando sonó el teléfono.

            —Escucha —empezó a decir una voz de hombre sin identificarse—, he leído tu basura. Si publicas siquiera una palabra más…

            —¿Quién es usted?

            —Uno de los tipos sobre los que escribes. ¡Dios, cómo detesto a los pacifistas! ¿Alguna vez has subido una montaña con todo el equipo de marcha a cuestas? ¿Has estado dentro de un transporte blindado de tropas a setenta grados? Y una mierda has estado. ¡Vete a tomar por culo! ¡Es nuestra! No tiene nada que ver contigo, ¡joder!

            Le pregunté otra vez quién era.

            —¡Venga ya! ¿No? Mi mejor amigo, era como mi hermano, y lo traje metido en una bolsa de celofán después de un ataque. Lo habían despellejado, le habían cortado la cabeza, los brazos, las piernas, la polla, todo amputado… Él podía haber escrito sobre eso, pero tú no. La verdad estaba dentro de ese saco de celofán. ¡Que os jodan a todos! —colgó; el sonido en el auricular fue como una explosión.

            Podría haber sido mi testigo más importante.

Una esposa

            —No te preocupes si no recibes cartas —escribió—. Sigue escribiendo a la dirección anterior.


El ataúd era demasiado pequeño y olía mal. No me podía inclinar para besarlo. Así es cómo me devolvieron a mi marido. Me arrodillé delante de lo que una vez fue lo que más quise en el mundo.

            Después nada durante dos meses. Nunca me imaginé que estuviese en Afganistán. Estaba preparando las maletas para ir a verlo en su nuevo destino.

            No escribía nada sobre una guerra. Decía que se estaba poniendo moreno y que iba de pesca. Envió una foto de él sentado sobre un burro, con las rodillas en la arena. No me enteré de que estaba en una guerra hasta que vino a casa de permiso. Nunca solía mimar demasiado a nuestra hija, nunca mostraba ningún sentimiento paternal, quizá porque fuese pequeña. Ahora, cuando volvía, se pasaba las horas sentado mirándola, con unos ojos tan tristes que daban miedo. Por las mañanas se levantaba y la acompañaba a la guardería, le gustaba llevarla a hombros. Por la tarde la recogía. De vez en cuando íbamos al teatro o al cine, pero lo único que de verdad quería era quedarse en casa.

            Todo el cariño le parecía poco. Le molestaba hasta el tiempo que pasaba arreglándome para ir al trabajo o preparándole la cena en la cocina.

            —Siéntate aquí conmigo. Olvídate hoy de las chuletas. Pídete unos días libres mientras esté en casa.

            Cuando llegó la hora de que cogiese el avión, lo perdió adrede para que tuviésemos dos días más. La última noche fue tan bueno que me puse a llorar. Se me caían las lágrimas, y él no decía nada, sólo me miraba y me miraba. Luego dijo:

            —Tamara, si alguna vez estás con otro hombre, no olvides esto.

            —¡No digas tonterías! —le respondí—. Jamás te matarán. Te quiero demasiado para que puedan hacerlo.

            —Déjalo —me dijo riendo—. Ya no soy ningún niño.

            Hablamos de tener más hijos, pero dijo que no quería más por ahora.

            —Cuando vuelva, puedes tener otro. ¿Cómo te las ibas a arreglar tú sola?

            Cuando no estaba me acabé acostumbrando a la espera, pero si veía un coche fúnebre por la calle, me sentía enferma, y quería gritar y llorar. Iba corriendo a casa y me ponía a rezar de rodillas, delante de donde estaba colgado el ícono.

Svletana escribe bastante sobre la guerra, pero, también, sobre la tragedia de Chernóbil donde explotó un reactor nuclear.

            —¡Sálvamelo, Dios! No dejes que muera.

Fui al cine el día que sucedió. Me senté allí, mirando a la pantalla sin ver nada. Tenía los nervios de punta. Era como si estuviese haciendo esperar a alguien o hubiera un lugar al que tuviese que ir. Apenas aguanté hasta el final de la película. Si lo pienso, creo que debió de ser durante la batalla.

            Pasó una semana antes de que me llegase ninguna noticia. Durante toda esa semana, si empezaba a leer un libro lo tenía que dejar. Incluso recibí dos cartas suyas. Normalmente me habría puesto contentísima, las habría besado, pero esta vez sólo me hicieron preguntarme cuánto tiempo más iba a tener que esperarlo.

            El noveno día después de que lo mataran, me llegó un telegrama a las cinco de la mañana. Lo metieron por debajo de la puerta. Era de sus padres: «Ven. Petia muerto.». Grité tanto que desperté al bebé. No tenía ni idea de qué debía haber ni adónde ir. No tenía dinero. Envolví a nuestra hija en una manta roja y salí a la calle. Era demasiado temprano para que pasaran autobuses, pero un taxi se paró.

            —Necesito ir al aeropuerto —le dije al taxista.

            Me respondió que estaba acabando su turno y cerró la puerta.

            —Han matado a mi marido en Afganistán.

            Salió del coche sin decir una palabra, y me ayudó a entrar. Me llevó a la casa de una amiga, que me dejó dinero. En el aeropuerto dijeron que no quedaban billetes para Moscú, y a mí me daba miedo sacar el telegrama del bolso para enseñárselo. Tal vez todo fuese un error. No dejaba de decirme a mí misma que si seguía pensando que estaba vivo, lo estaría. Estaba llorando y todo el mundo me miraba. Me pusieron en un avión de carga que llevaba un cargamento de maíz a Moscú; desde allí cogí una conexión a Minsk. Aún me quedaban 150 kilómetros hasta Staryia Darogui, donde vivían los padres de Petia. Ninguno de los taxistas quería conducir hasta allí, por mucho que rogase y suplicase. Por fin llegué a Staryia Darogui a las dos de la mañana.

            —¿Tal vez no sea verdad?

            —Es verdad, Tamara, es verdad.

            Por la mañana fuimos al comisariado militar. Fueron muy formales. «Se le notificará cuando llegue.» Esperamos dos días antes de llamar al comisariado militar provincial de Minsk. Nos dijeron que sería mejor que fuésemos nosotros a recoger el cuerpo de mi marido. Cuando llegamos a Minsk, el funcionario nos dijo que lo habían enviado por error a Baránavichi. Baránavichi distaba otros cien kilómetros y cuando llegamos al aeropuerto ya era después del horario laboral; no había nadie más que un vigilante nocturno en su garita.

            —Hemos venido a recoger…

            —Por ahí. —Señaló hacia un rincón a lo lejos—. Miren si esa caja es suya. Si lo es, pueden llevársela.


No tenía ni idea de cómo matar. Antes del ejército era ciclista de carreras. Jamás había visto ni siquiera una pelea de navajas de verdad, y aquí estaba yo, en la parte trasera de un transporte blindado de tropas. Nunca antes me había sentido así: poderoso, fuerte y seguro.

            Fuera había una caja sucísima con letras garabateadas en tiza en las que se leía: «Teniente primero Dóvnar». Arranqué una tabla del lugar del ataúd donde debería haber una abertura. Tenía la cara entera, pero yacía ahí, sin afeitar, y nadie lo había lavado. El ataúd era demasiado pequeño y olía mal. No me podía inclinar para besarlo. Así es cómo me devolvieron a mi marido. Me arrodillé delante de lo que una vez fue lo que más quise en el mundo.

El suyo fue el primer ataúd que regresó a mi pueblo natal, Yazyl. Todavía recuerdo el terror en los ojos de la gente. Cuando lo enterramos, antes de que pudiesen subir las bandas con las que lo habían bajado, se oyó un trueno espantoso. Recuerdo el granizo crujiendo bajo los pies como gravilla blanca.

            No hablé mucho con su padre y su madre. Pensaba que su madre me odiaba porque yo estaba viva y él muerto. Pensaba que me volvería a casar. Ahora me dice:

            —Tamara, te tendrías que haber casado otra vez.

            Pero entonces tenía miedo de mirarla a los ojos. Al padre de Petia casi se le fue la cabeza.

            —¡Hijos de puta! ¡Meter a un muchacho así en su tumba! ¡Lo han asesinado!

            Mi suegra y yo intentamos decirle que le habían dado una medalla a Petia, que necesitábamos Afganistán para proteger nuestras fronteras al sur, pero no quiso oírnos. —¡Hijos de puta! ¡Lo han asesinado!

            La peor parte vino después, cuando tuve que hacerme a la idea de que ya no tenía nada ni nadie a quien esperar. Me despertaba aterrorizada, empapada en sudor, pensando que Petia volvería y no sabría dónde vivían ahora su mujer y su hija. Todo lo que me quedaba eran recuerdos de buenos momentos.

            El día que nos conocimos, bailamos juntos. El segundo día fuimos a dar un paseo en el parque, y al siguiente me pidió matrimonio. Yo ya estaba comprometida y le dije que la solicitud estaba en la oficina del registro. Se fue y me escribió en letras enormes que ocupaban toda la página: «¡Aaaaaargh!».

            Nos casamos en invierno, en mi pueblo. Fue divertido y precipitado. El día de la Epifanía, cuando la gente adivina su futuro, tuve un sueño que le conté a mi madre por la mañana.

            —Mamá, veía a un muchacho guapísimo. Estaba de pie sobre un puente, y me llamaba. Llevaba el uniforme de soldado, pero cuando me acercaba a él comenzaba a alejarse hasta que desaparecía por completo.

            —No te cases con un soldado. Te quedarás sola —me dijo mi madre.

            Petia tenía un permiso de dos días.

            —Vamos a la oficina del registro —me propuso antes de cruzar la puerta siquiera.

            Nos echaron una ojeada en el sóviet del pueblo y nos dijeron:

            —¿Por qué esperar dos meses? Id y traed el brandy. Nosotros haremos el papeleo.

            Una hora más tarde éramos marido y mujer. Fuera azotaba una ventisca.

            —Novio, ¿dónde está el taxi para su flamante esposa?

            —¡Un segundo! —Salió y paró para mí un tractor bielorruso.

            Durante años soñé que subíamos a ese tractor, conduciendo por la nieve.

            La última vez que Petia vino a casa se encontró el piso cerrado con llave. No había enviado un telegrama para avisarme de que venía, y yo había ido a casa de una amiga a celebrar su cumpleaños. Cuando llegó a la puerta y oyó la música y vio a todo el mundo feliz y riendo, se sentó en un taburete y lloró. Vino a buscarme al trabajo todos los días durante su permiso.

            —Cuando vengo a verte al trabajo me tiemblan las rodillas como si tuviésemos una cita —me decía.

            Recuerdo que un día fuimos a nadar juntos. Nos sentamos en la orilla e hicimos un fuego. Me miró y me dijo:

            —No te puedes ni imaginar hasta qué punto no quiero morir por el país de otros.

Yo tenía veinticuatro años cuando murió. En esos primeros meses me habría casado con cualquier hombre que me quisiera. No sabía qué hacer. La vida seguía a mi alrededor igual que antes. Uno se construía una dacha, otro se compraba un coche; alguien tenía un piso nuevo y necesitaba una alfombra o una hornilla para la cocina. En la última guerra todo el mundo estaba desconsolado, el país entero. Todo el mundo había perdido a alguien, y sabían por qué lo habían perdido. Todas las mujeres lloraban juntas. Hay cien personas en la escuela de hostelería donde trabajo y yo soy la única que ha perdido a su marido en una guerra de la que los demás sólo saben por los periódicos. Cuando los oí por primera vez decir en televisión que la guerra de Afganistán había sido una vergüenza nacional, me entraron ganas de romper la pantalla. Ese día perdí a mi marido por segunda vez.

Un soldado raso

El único adiestramiento que recibimos antes de prestar juramento fue llevarnos dos veces al campo de tiro. La primera vez que fuimos nos repartieron nueve cartuchos a cada uno; la segunda vez, todos lanzamos una granada.

            Nos pusieron en fila en la plaza y leyeron la orden en voz alta.

            —Iréis a la República Democrática de Afganistán a cumplir con vuestro deber internacionalista. Si hay alguien que no quiera ir, que dé dos pasos al frente.

            Tres muchachos los dieron. El comandante de la unidad los devolvió a la fila empujándolos con la rodilla en el trasero.

            —Era sólo para comprobar la moral.

            Nos dieron víveres para dos días y un cinturón de cuero, y nos marchamos. Nadie dijo una palabra. El vuelo pareció durar una eternidad. Vi las montañas a través de la ventanilla del avión. ¡Precioso! Eran las primeras montañas que veíamos, éramos todos de cerca de Pskov, donde sólo hay bosques y claros. Nos bajamos en Shindand. Recuerdo la fecha: 19 de diciembre de 1980.

            Me echaron un vistazo.

            —Metro ochenta: compañía de reconocimiento. Les vienen bien muchachos de tu tamaño.

            Fuimos a Herat a construir un campo de tiro. Cavamos y cargamos piedras para los cimientos. Puse las tejas de un tejado e hice algo de carpintería. Algunos de nosotros no habíamos disparado ni una sola vez antes de la primera batalla. Teníamos hambre todo el tiempo. Había dos cubas de cincuenta litros en la cocina: una para sopa, la otra para puré de patata o gachas de cebada. Teníamos una lata de caballa para cuatro, y la etiqueta decía: «Fecha de fabricación: 1956. Consumir antes de 18 meses». En año y medio, la única vez que no tuve hambre fue cuando estuve herido. El resto del tiempo lo pasabas pensando en la manera de conseguir algo de comer. Teníamos tantísimas ganas de fruta que nos colábamos en los huertos de los afganos a sabiendas de que nos dispararían. Les pedíamos a nuestros padres que nos enviasen ácido cítrico en las cartas para que pudiésemos disolverlo en agua y bebérnoslo. Era tan agrio que nos quemaba el estómago.


El 29 de agosto decidí que se había acabado el verano. Le compré a Sasha un traje nuevo y un par de zapatos, que todavía hoy siguen en el armario. Al día siguiente, antes de irme al trabajo, me quité los pendientes y el anillo. Por alguna razón no soportaba llevarlos. Ese fue el día en que lo mataron.

Antes de nuestra primera batalla tocaron el himno nacional soviético. El comandante político adjunto nos dio una charla. Recuerdo que dijo que nos habíamos anticipado a los americanos sólo por una hora, y todo el mundo nos esperaba en casa para recibirnos como héroes.

            No tenía ni idea de cómo matar. Antes del ejército era ciclista de carreras. Jamás había visto ni siquiera una pelea de navajas de verdad, y aquí estaba yo, en la parte trasera de un transporte blindado de tropas. Nunca antes me había sentido así: poderoso, fuerte y seguro. Las colinas de repente parecían bajas, las acequias pequeñas, los árboles pocos y alejados entre sí. Después de media hora estaba tan relajado que me sentía como un turista que observaba un país extranjero.

            Pasamos por encima de una zanja sobre un puentecito de barro: recuerdo mi asombro de que pudiese aguantar el peso de varias toneladas de metal. De repente hubo una explosión, el transporte de delante había recibido un impacto directo de un lanzagranadas. Ya estaban llevándose a hombres que conocía como animales de peluche, con los brazos colgando. No lograba entender este espantoso nuevo mundo. Proyectamos todos nuestros morteros hacia el lugar desde donde habían llegado los disparos, varios morteros hacia cada hacienda. Después de la batalla, raspamos con cucharas los restos de nuestros propios hombres de la placa de blindaje. No había discos de identificación para las víctimas mortales; supongo que pensarían que podían caer en las manos equivocadas. Era como en la canción: «Nuestra dirección no es una casa o una calle. Nuestra dirección es la Unión Soviética». Así que simplemente extendimos una lona sobre los cuerpos, una «fosa común». La guerra ni siquiera se había declarado; estábamos luchando en una guerra que no existía.

Una madre

Me senté junto al ataúd de Sasha y dije:

            —¿Quién es? ¿Eres tú, hijo? —seguí repitiendo una y otra vez—: ¿Eres tú?

            Decidieron que se me había ido la cabeza. Más tarde quise saber cómo había muerto mi hijo. Fui al comisariado militar y el comisario empezó a gritarme, me dijo que la muerte de mi hijo era un secreto de Estado, que no debería ir por ahí contándoselo a todo el mundo.

            Mi hijo estaba en la división paracaidista de Vítebsk. Cuando fui a verlo prestar juramento, no lo reconocí; parecía tan alto.

            —Eh, ¿cómo es que tengo una madre tan pequeña?

            —Es que te echo de menos y he dejado de crecer.

            Se inclinó y me dio un beso, y alguien hizo una foto. Es la única foto que tengo con él de soldado.

            Después del juramento tenía unas cuantas horas de tiempo libre. Fuimos al parque y nos sentamos en la hierba. Se quitó las botas porque tenía los pies llenos de ampollas y le sangraban. El día anterior, su unidad había participado en una marcha forzada de cincuenta kilómetros; no había botas del 46, así que le dieron unas del 44.

            —Teníamos que correr con mochilas llenas de arena. ¿Qué te parece? ¿En qué puesto llegué?

            —Con esas botas, probablemente el último.

—Te equivocas, mamá. Llegué el primero. Me quité las botas y corrí. Y no derramé arena como otros.

            Esa noche dejaron a los padres dormir dentro de la unidad, sobre esterillas extendidas en el polideportivo, pero no nos acostamos hasta bien entrada la noche; en vez de eso, deambulamos por los barracones donde dormían nuestros hijos. Tenía la esperanza de poder verlo cuando fuesen a hacer los ejercicios matutinos, pero todos iban corriendo con camisetas de tirantes a rayas idénticas y se me escapó, no alcancé a verlo fugazmente una última vez. Todos iban al baño en fila, en fila hacían ejercicio, en fila iban al comedor. No les dejaban hacer nada solos porque, cuando los muchachos se enteraron de que los destinaban a Afganistán, uno se ahorcó en el baño y otros dos se cortaron las venas. Estaban bajo vigilancia.

            Su segunda carta comenzaba: «Saludos desde Kabul…». Grité tan fuerte que los vecinos vinieron corriendo. Era la primera vez desde que nació Sasha que lamentaba no haberme casado y no tener a nadie que me cuidara.

            Sasha solía burlarse de mí.

            —¿Por qué no te casas, mamá?

            —Porque te pondrías celoso.

            Se reía y no decía nada. Íbamos a vivir juntos durante mucho, mucho tiempo.

            Recibí unas cuantas cartas más y después hubo silencio, un silencio tan largo que decidí escribir al comandante de su unidad. Sasha me respondió de inmediato: «Mamá, por favor no vuelvas a escribir al comandante. No he podido escribirte. Me picó una avispa en la mano. No quise pedirle a nadie que escribiese, porque te hubieses preocupado al ver una letra distinta». Enseguida supe que estaba herido y, entonces, si pasaba tan siquiera un día sin una carta suya me fallaban las piernas. Una de sus cartas fue muy alegre.

            «¡Hurra, hurra! Hemos escoltado una columna que volvía a la Unión. Los acompañamos hasta la frontera. No nos permitieron avanzar más, pero al menos pudimos divisar nuestra patria a lo lejos. Es el mejor país del mundo.»

            En su última carta escribió: «Si aguanto el verano, volveré».

            El 29 de agosto decidí que se había acabado el verano. Le compré a Sasha un traje nuevo y un par de zapatos, que todavía hoy siguen en el armario. Al día siguiente, antes de irme al trabajo, me quité los pendientes y el anillo. Por alguna razón no soportaba llevarlos. Ese fue el día en que lo mataron.

Cuando trajeron el ataúd de zinc a la habitación, me eché encima de él y lo medí una y otra vez. Un metro, dos metros. Él medía dos metros de alto. Lo medí con mis manos para asegurarme de que el ataúd era del tamaño adecuado para él. Estaba precintado, así que no pude besarlo por última vez, o tocarlo, ni siquiera sabía lo que llevaba puesto, hablaba simplemente con el ataúd, como una loca.

            Dije que quería escoger yo misma su lugar en el cementerio. Me pusieron dos inyecciones, y fui hasta allí con mi hermano. Había tumbas «afganas» en la avenida principal.

            —Pongan a mi hijo aquí también. Estará más contento entre sus amigos.

            No recuerdo quién estaba allí con nosotros. Algún funcionario. Negó con la cabeza.

            —No nos permiten enterrarlos juntos. Tienen que estar repartidos por el cementerio.

            Dicen que se dio un caso en el que trajeron un ataúd a una madre, lo enterró y un año después su hijo regresó con vida. Sólo estaba herido. Nunca vi el cuerpo de mi hijo, ni le di un beso de despedida. Sigo esperando.

Una enfermera

Todos los días que pasaba allí me decía a mí misma que era tonta por venir. Sobre todo por la noche, cuando no había ningún trabajo que hacer. Todo lo que pensaba durante el día era: «¿Cómo puedo ayudarlos?». No podía creer que alguien fabricase las balas que estaban usando. ¿De quién había sido la idea? La punta de entrada era pequeña, pero dentro desgarraban y hacían pedazos sus intestinos, su hígado, su bazo. Como si no bastase con matarlos o herirlos, tenían que hacerles pasar también por ese martirio. Siempre llamaban a gritos a sus madres cuando sentían dolor o tenían miedo. Nunca los oí llamar a otra persona.

            Nos dijeron que era una guerra justa. Estábamos ayudando al pueblo afgano a acabar con el feudalismo y a construir una sociedad socialista. De alguna forma no encontraron el momento de decirnos que estaban matando a nuestros hombres. Durante todo el primer mes que estuve allí tiraban sin más los brazos y piernas amputados de nuestros soldados y oficiales, y hasta sus cuerpos, justo al lado de las tiendas del campamento. Era algo que me hubiese costado creer si lo hubiese visto en películas sobre la guerra civil. Entonces no había ataúdes de zinc: aún no habían tenido tiempo de fabricarlos.

            Dos veces por semana teníamos adoctrinamiento político. No paraban de hablar de nuestra misión sagrada, y de cómo la frontera debía ser inviolable. Nuestra superior nos ordenaba que informásemos de todos los soldados heridos, de todos los pacientes. Lo llamaban seguimiento del estado de la moral: ¡el ejército tenía que gozar de buena salud! No debíamos sentir compasión. Pero sí que sentíamos compasión: era lo único que hacía que todo tuviese sentido.


Un responsable de prensa de un regimiento

Comenzaré por el instante en que todo se vino abajo.

            Avanzábamos por Jalalabad y vimos a una niña de unos siete años de pie al borde del camino. Tenía un brazo casi arrancado que pendía sólo de un hilo, como si fuese una muñeca de trapo destrozada. Tenía los ojos oscuros, como aceitunas, y me miraban fijamente. Salté del vehículo para cogerla en brazos y llevársela a nuestras enfermeras, pero ella dio un brinco hacia atrás, aterrorizada y gritando como un animalito.

Todavía dando gritos huyó corriendo, con el bracito colgando, parecía que se le iba a despegar del todo. Corrí gritando detrás de ella, la alcancé y la apreté contra mí mientras la acariciaba. Ella mordía y arañaba, toda temblorosa, como si la hubiese atrapado algún animal salvaje. No fue hasta ese momento que la idea se me pasó por la cabeza: no creía que quisiera ayudarla, pensaba que quería matarla. La forma en que huyó corriendo, la forma en que temblaba y el miedo que me tenía son cosas que nunca olvidaré.


Nos dijeron que era una guerra justa. Estábamos ayudando al pueblo afgano a acabar con el feudalismo y a construir una sociedad socialista. De alguna forma no encontraron el momento de decirnos que estaban matando a nuestros hombres.

            Había partido rumbo a Afganistán con los ojos centelleantes de idealismo. Me habían contado que los afganos me necesitaban, y yo me lo había creído. El tiempo que pasé allí jamás soñé con la guerra, pero ahora todas las noches vuelvo a correr detrás de esa niña de ojos aceitunados, con el bracito colgando como si se le fuese a despegar de un momento a otro.

Allá fuera tenías sentimientos muy distintos por tu país. «La Unión» la llamábamos. Parecía que teníamos algo grande y poderoso a nuestras espaldas, algo que siempre nos defendería. Recuerdo, sin embargo, que una tarde después de una batalla —en la que hubo bajas, hombres muertos y hombres gravemente heridos— enchufamos el televisor para olvidarnos de eso, para ver qué ocurría en la Unión. Habían construido una nueva fábrica colosal en Siberia; la reina de Inglaterra había ofrecido un banquete en homenaje a una personalidad; unos jóvenes de Vorónezh habían violado a dos escolares porque les había dado por ahí; habían matado a un príncipe en África. El país seguía a lo suyo y nos sentimos totalmente inútiles. Alguien tuvo que apagar el televisor antes de que lo destrozáramos a tiros.

            Era una guerra de madres. Ellas estaban en todo el meollo. La gente en general no sufría, no se enteraba de lo que pasaba. Les contaban que estábamos luchando contra bandidos. ¿Un ejército regular de 100.000 soldados, en nueve años, no era capaz de vencer a unos bandidos harapientos?

Un ejército con la tecnología más avanzada. (Que Dios amparase a quienquiera que estuviera en medio de un bombardeo de artillería con nuestros lanzamisiles Granizo o Huracán: los postes telegráficos salían volando como fósforos.) Los «bandidos» sólo tenían las ametralladoras Maxim que habíamos visto en las películas; los Stinger y las ametralladoras japonesas llegaron más tarde. Hacíamos prisioneros a hombres escuálidos con manos grandes, de campesino. No eran bandidos. Eran la gente de Afganistán.

            La guerra tenía sus propias reglas horrendas: si te dejabas fotografiar o te afeitabas antes de un combate, estabas muerto. Siempre mataban primero a los héroes de ojos azules: conocías a uno de esos tipos y antes de que te dieses cuenta, estaba muerto. La mayoría de la gente murió durante los primeros meses, cuando tenían demasiada curiosidad, o hacia el final, cuando ya habían perdido el sentido de la precaución y se habían quedado imbéciles. Por la noche se te olvidaba dónde estabas, quién eras, lo que hacías allí. Nadie lograba dormir durante las últimas seis u ocho semanas antes de volver a casa.

            Aquí en la Unión somos como hermanos. Un tipo joven que vaya por la calle con muletas y una medalla reluciente sólo puede ser uno de los nuestros. Puede que sólo os sentéis en un banco y fuméis un cigarrillo juntos, pero os dará la impresión de que lleváis todo el día hablando el uno con el otro.

            Las autoridades quieren utilizarnos para tomar medidas contundentes contra el crimen organizado. Si hay que atajar y poner fin a algún problema, la policía recurre a «los afganos». Para ellos, somos tipos con puños grandes y cerebros pequeños a los que nadie aprecia. Pero está claro que si te duele la mano, no la pones en el fuego, la cuidas hasta que mejora.


Una madre

Me apresuro hasta el cementerio como si fuese a encontrarme con alguien. Siento que voy a visitar a mi hijo. Los primeros días pasaba allí toda la noche. No me daba miedo. Estoy esperando a que llegue la primavera, a que una florecilla brote de la tierra y aparezca ante mí. Planté campanillas de invierno para tener un mensaje de mi hijo lo antes posible. Llegan desde él hasta mí, desde allí abajo.

            Me quedo sentada junto a él hasta que oscurece y ya bien entrada la noche. A veces no me doy cuenta de que he empezado a gemir hasta que asusto a los pájaros, toda una tormenta de graznidos de cuervos, que vuelan en círculos y agitan las alas sobre mí; entonces recobro la lucidez y dejo de hacerlo. He ido todos los días durante cuatro años, si no es por la tarde, por la mañana. Falté los once días que pasé en el hospital, después me escapé en camisón para ir a verlo.

Me llamaba «Madre mía» y «Ángel madre mía».

            —Vaya, ángel madre mía, han aceptado a tu hijo en la Academia Militar de Smolensk. Espero que estés contenta.

            Se sentaba al piano y cantaba.

Oficiales caballeros,

¡príncipes verdaderos!

Si entre ellos no el primero,

sí que soy uno de ellos.

Mi padre fue un oficial del Ejército regular que murió en la defensa de Leningrado. Mi abuelo también fue oficial. Mi hijo estaba hecho para ser un militar: tenía el porte, tan alto y tan fuerte. Debería haber sido un húsar con guantes blancos, que jugase a las cartas.

            Todos querían ser como él. Hasta yo, su propia madre, lo imitaba. Me sentaba al piano como él, y a veces me ponía a caminar como él, sobre todo después de que lo mataran. De tanto que deseo que esté siempre presente en mí.

Cuando fue a Afganistán por primera vez, no escribía nunca. Esperé y esperé a que viniese a casa de permiso. Un día, en el trabajo, el teléfono sonó.

            —Ángel madre mía, vuelvo a casa.

            Fui a recibirlo al autobús. El pelo se le había puesto canoso. No reconoció que estaba de permiso, que había pedido que lo dejasen salir del hospital un par de días para ver a su madre. Tenía la hepatitis, la malaria, no había nada que no tuviera, pero advirtió a su hermana para que no me lo contase. Entré en su habitación de nuevo antes de irme a trabajar, para verlo dormir. Abrió los ojos. Le pregunté por qué no estaba dormido, era muy temprano. Dijo que había tenido un mal sueño.

            Lo acompañamos hasta Moscú. Era un mayo soleado, hacía un tiempo estupendo y los árboles estaban en flor. Le pregunté cómo eran las cosas allá.

            —Madre mía, Afganistán es un asunto donde no deberíamos estar metidos —me miró sólo a mí, a nadie más—. No quiero volver a ese agujero. De verdad que no —se alejó caminando, pero se dio la vuelta—. Es tan sencillo como eso, mamá —nunca me llamaba «mamá». A la mujer en el mostrador del aeropuerto se le caían las lágrimas al mirarnos.

            Cuando me desperté el 7 de julio no había estado llorando. Me quedé mirando al techo con los ojos vidriosos. Me había despertado él, como si hubiese venido a despedirse. Eran las ocho en punto. Tenía que prepararme para ir al trabajo. Fui vagando de un lado para otro con el vestido, del cuarto de baño a la sala de estar, de una habitación a otra. Por alguna razón no podía soportar ponerme ese vestido de color claro. Me sentía mareada y no veía bien. Todo estaba borroso. Me fui serenando hacia la hora de almorzar, hacia el mediodía.

            El día siete de julio. Llevaba siete cigarrillos en el bolsillo, siete fósforos. Había hecho siete fotos con su cámara. Me había escrito siete cartas a mí, y siete a su novia. El libro sobre su mesita de noche estaba abierto por la página siete. Era «Los contenedores de la muerte», de Kobo Abe.

            Tuvo tres o cuatro segundos en los que podía haberse salvado. El vehículo en que iban salió volando por un precipicio. No podía ser el primero en saltar. Nunca podía haberlo sido.

De parte del comandante segundo del regimiento para asuntos políticos, el comandante S. R. Sinelníkov. Es mi deber como soldado informarle de que el teniente primero Valeri Gennadiévich Volóvich ha muerto hoy a las 10:45 horas.

Toda la ciudad estaba ya al tanto. En la Casa de los Oficiales habían puesto un crespón negro y su fotografía. De un momento a otro estaba previsto que llegase el avión con su ataúd, pero nadie me había dicho ni una palabra. No tenían el valor de hacerlo. En el trabajo todos llevaban rastros de lágrimas en la cara.

            —¿Qué ha pasado? —les pregunté.

            Intentaron distraerme de diversas maneras. Vino una amiga, y después por fin un doctor con bata blanca. Le dije que estaba loco, que muchachos como mi hijo no podían morir. Empecé a dar golpes en la mesa. Corrí hasta la ventana y empecé a golpear el cristal. Me pusieron una inyección. Seguí gritando. Me pusieron otra inyección, pero tampoco me hizo efecto.

            —Quiero verlo, llevadme hasta mi hijo —vociferaba.

            Finalmente tuvieron que llevarme.

            Había un ataúd alargado. La madera no estaba lijada, y en grandes letras pintadas en amarillo se leía «Volóvich». Tenía que encontrarle un sitio en el cementerio, un lugar seco, un lugar seco y agradable. Si eso significaba un soborno de cincuenta rublos, no importaba. Aquí tiene, tome, pero asegúrese de que sea un buen lugar, seco y agradable. Dentro ya sabía lo desagradable que era, pero yo sólo quería que estuviese en un lugar seco y agradable. Las primeras noches no lo dejé solo. Me quedé allí. Me llevaban a casa, pero yo volvía.

            Cuando voy a verlo, hago una reverencia, y cuando me marcho, la vuelvo a hacer. Nunca paso frío, ni siquiera cuando la temperatura cae bajo cero; escribo mis cartas desde allí; si alguna vez estoy en casa es porque tengo visita. Cuando camino de vuelta a casa por la noche, las farolas están iluminadas, los faros de los coches encendidos. Me siento tan fuerte que no tengo miedo de nada.

            Sólo ahora me despierto de mi pena, como si me despertase de un sueño. Quiero saber de quién fue la culpa. ¿Por qué nadie dice nada? ¿Por qué no se nos dice quiénes lo hicieron? ¿Por qué no son juzgados?

            Saludo a todas las flores de su tumba, a cada pequeña raíz, a cada tallo.

            —¿Vienes de ahí? ¿Vienes de él? Vienes de mi hijo. ■

 


ppotes04/05/2022
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La Fiscalía presentó escrito de acusación contra un coronel, un teniente y un patrullero. Investigaciones continúan. Otros oficiales y agentes terminarían involucrados en nuevos hechos de violencia en protesta social.

Publicado originalmente en el Portal Seguimiento.Co


Un fiscal de la Dirección Especializada contra las Violaciones a los Derechos Humanos presentó escrito de acusación contra un coronel, un teniente y un patrullero de la Policía Nacional por algunos de los homicidios y casos de lesiones personales ocurridos durante las jornadas de protesta programadas en Cali (Valle del Cauca), en 2021.

Los uniformados estarían involucrados en distintos hechos y tendrían diferentes niveles de posible participación. Los acusados son:

Patrullero Wilson Orlando Esparragoza Corcho. De acuerdo con el material de prueba y la evidencia técnica obtenida, sería el responsable de disparar el proyectil que le ocasionó la muerte a un joven que participaba en las movilizaciones que se registraron frente al CAI Villa del Sur, en el sector Puerto Rellena, la tarde del 28 de abril de 2021.

El funcionario, al parecer, accionó el arma de dotación contra los manifestantes. Para la Fiscalía, la víctima se encontraba en indefensión y no era una amenaza inminente para las personas. Así que el actuar del funcionario habría sido desproporcionado y violatorio de los principios que deben acompañar a quienes salvaguardan el orden. En ese sentido, la acusación es por el delito de homicidio agravado.

Teniente Néstor Fabio Mancilla Gonzaliaz. En su condición de comandante del Grupo de Operaciones Especiales (GOES) estaba a cargo de un componente de hombres que, supuestamente, disparó contra manifestantes y ciudadanos ajenos a las concentraciones sociales, en dos eventos diferentes.

El primero, sucedió el 30 de abril, en el barrio El Diamante. Aquí, dos personas murieron y otras dos resultaron heridas. El segundo, se registró en inmediaciones del barrio Siloé, la noche del 3 de mayo.  Este hecho dejó tres muertos y dos heridos.

La investigación da cuenta de que el oficial, supuestamente, falló en el deber de dirigir y controlar a los efectivos de su unidad, y no tomó las medidas necesarias para evitar más víctimas. El escrito indica que sería el posible responsable de los delitos de homicidio agravado y lesiones personales.

Coronel Edgar Vega Gómez. El oficial, en su momento, se desempeñaba como comandante operativo de la Policía Metropolitana de Cali. Adicionalmente, había sido designado como jefe de servicio y el encargado de orientar las acciones de sus subalternos para restablecer el orden, los días en los que se presentaron los eventos en los que estarían involucrados algunos integrantes del GOES, y por los que es procesado el teniente Mancilla Gonzaliaz.

El coronel Vega Gómez habría incumplido al compromiso institucional y constitucional de velar por la seguridad de los civiles participantes en las jornadas de protesta, y, presuntamente, no tomó los correctivos necesarios para evitar los excesos que se produjeron. De esta manera, es acusado por los delitos de homicidio agravado y lesiones personales.


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En una descarnada entrevista alrededor del panorama social de Colombia, el presidente de la CUT, Francisco Maltés Tello, explica por qué se da un fenómeno político sin precedentes: la unidad de diversos sectores en apoyo a los candidatos de la izquierda.

Por Fernando Alexis Jiménez | Dirigente del SUGOV

Por primera vez en mucho tiempo los trabajadores de Colombia están unidos alrededor de las figuras de Gustavo Petro y Jorge Robledo, dos de los líderes de izquierda que han defendido en diversos escenarios los derechos laborales. Tienen trayectoria porque, con fundamento, han cuestionado a quienes, en su condición de empleadores, promueven en contubernio con el gobierno nacional, el progresivo desmejoramiento de las condiciones conquistadas al calor de la lucha.

Los últimos cuatro años han sido nefastos. Aumentó el desempleo, se amplió la base de personas en condición de pobreza que hoy suman los 22 millones y la inflación sigue galopando, distante de los controles que anunció el mandatario cuando dijo que el 10% de ajuste salarial, buscaba recobrar la capacidad adquisitiva de los colombianos.

La inconformidad es mucha. Y a menos que se produzca un cambio pronto, el estallido social puede reavivarse—asegura con preocupación el presidente de la Central Unitaria de Trabajadores—CUT—Francisco Maltés Tello.

Él, como uno de los voceros del Comité Nacional de Paro, explica que las encuestas que favorecen al Pacto Histórico y la Coalición de la Esperanza, tienen una explicación sencilla: la gente está cansada de gobiernos que han pensado en los intereses de un grupo muy pequeño de castas en el poder, incluyendo los empresarios, mientras que la base social enfrenta cada día un desmejoramiento en su calidad de vida.

¿Por qué la izquierda se ha fortalecido? ¿Qué explica, por ejemplo, las multitudinarias manifestaciones de apoyo al aspirante Gustavo Petro, como la realizada el fin de semana en Cali?

Maltés Tello no duda en responder:

La inconformidad social, así de sencillo. No de otra forma se puede entender que quienes han militado en diferentes vertientes políticas, ahora le estén apostando a un gobierno alternativo…

¿Cree en las posibilidades de Petro o de Robledo y de que se produzca un cambio en el Congreso?

El dirigente de la CUT se me queda mirando como si yo viviera en la estratósfera y recién hubiese aterrizado.

Claro que creo que se avecina un cambio. ¿Acaso usted lo duda? Haga una lectura sencilla del escenario nacional…

Luego comienza a describir por qué Colombia se encuentra hoy en un punto sin retorno:

El estallido social comenzó el 21 de noviembre del 2019 como reacción a las pretensiones del gobierno nacional de sacar adelante tres reformas lesivas para todos: laboral, pensional y tributaria. Esto nos toca a todos, desde la clase media hasta el que se rebusca vendiendo frutas en una carreta, en una ciudad o en un municipio de nuestro país. Marginarse de esa realidad, es ilógico, pretender tapar el sol con un dedoAhora, recuerde que esas reformas constituyen recomendaciones de la OCDE, en las que todavía siguen insistiendo; de hecho, se lo reafirmaron al presidente Duque en París.

Pero ahora los aspirantes al congreso o a proseguir en esas curules están presentándose como defensores de los derechos de los obreros…

Eso es lo gracioso en este Macondo que es Colombia. ¿Recuerda? Cuando a todos les dio la enfermedad del insomnio y olvidaron hasta lo más elemental. Es lo que nos pasa en Colombia. Los políticos de siempre se presentan como salvadores y muchos de los que han sido golpeados por ellos, les creen nuevamente. Olvidan lo que históricamente ha venido ocurriendo

¿Y los aspirantes del Pacto Histórico y de la Coalición de la Esperanza?

Quienes hoy están en esas dos vertientes, fueron los únicos que apoyaron la movilización social, expresaron su rechazo a la brutalidad del gobierno nacional al reprimir las protestas y estuvieron a favor de tumbar esas pretendidas reformas. Los Mesías que hoy quieren llegar o repetir senado y cámara de representantes, apoyaron a Duque…

¿También los proyectos de Ley en lo que se transformaron los diferentes puntos del Pliego de Emergencia?

Sí, exactamente. Recuerde que en diciembre del 2019 se realizaron movilizaciones hasta mediados de ese mes y el aguinaldo de Duque fue una reforma tributaria que le “regaló” a los empresarios 12 billones en exenciones. Una reforma que afectaba a los de a pie, inconveniente, como se probó luego.

Ahora, el asunto es que el 28 de abril del 2021 se avivaron las movilizaciones que paralizaron al país. Un hecho sin parangón en la nación, fruto de la inconformidad popular. Quienes hoy forman parte del Pacto Histórico y algunos de la Coalición de la Esperanza, acompañaron la resistencia y, antes que deslegitimar a las primeras líneas, abogaron porque se escuchara a los jóvenes. Los de siempre, los politiqueros, lo que pugnaban era por la “tierra arrasada”, en otras palabras, arremeter contra la protesta social. Eso es lo que muchos olvidan…

¿Y los proyectos para el Congreso?

Surgieron de todo ese proceso, de movilización popular. Solamente el Pacto Histórico y la Coalición de la Esperanza han apoyado las propuestas en su tránsito por el legislativo. Los demás, unieron fuerzas y han hundido 4 de los 10 proyectos.  Y debimos presentar esas iniciativas al Congreso porque el Pliego de Emergencia, que buscaba mejorar la capacidad adquisitiva de los colombianos en un periodo tan critico como la pandemia, que aun persiste, fue ignorado por el gobierno de Duque. Desconoció la contundencia de las movilizaciones.

¿El Paro Nacional? ¿Cómo evaluarlo?

–Fue el despertar de un país. Que las inmensas mayorías, que hoy conservan esa inconformidad, tomaran conciencia que en las calles se logran las reivindicaciones. Ahora el momento es decisivo, porque será en las urnas. No podemos olvidar a 87 compatriotas que murieron o fueron asesinados, 97 a quienes les lesionaron los ojos y los desaparecidos. Es el momento de recordar que sufrieron las arbitrariedades por creer que otra Colombia sí es posible, para ellos, para sus familias y para las nuevas generaciones.

Recuerde que en el país se realizaron 15 mil movilizaciones…

Perdón, ¿tantas? No habrá algún equívoco

Ninguno. Retomo el asunto: fueron 15 mil movilizaciones en 800 municipios. Además, por primera vez se lograron articular nuestras protestas con las que se desarrollaron en más de 100 ciudades y capitales de varios países. La solidaridad internacional fue contundente. Compartían nuestra lucha, que es, ha sido y será justa.

Para Francisco Maltés Tello ahora, lo que llama la berraquera del pueblo inconforme, debe reflejarse en un proceso electoral que transformará el Congreso y elegirá un presidente distinto al común de quienes han sido ungidos con el voto de la ciudadanía.

Con la sinceridad que lo caracteriza me mira y, tras soltar una carcajada, me interroga;

–¿Ahora no me diga que está dudando que Petro será presidente? Si no es ahora, no será nunca. Además, el Senado, la Cámara de Representantes y, a futuro, los Concejos y Asambleas, tenemos que renovarlos…

Me quedo pensando y recuerdo las palabras de Eduard Manuel, guarda de seguridad en el conjunto residencial donde resido, y quien, sin saber mucho del ámbito político, desconfía de Iván Duque cada vez que sale con sonrisa de Mona Lisa en los medios de comunicación, para hacer algún anuncio que impacta a los colombianos.

Cada vez que en la televisión salen noticias del presidente reunido con gremios y empresarios, uno piensa sobre el garrotazo que se nos avecina— me dijo esta mañana En esta suspicacia se identifican muchos colombianos.

Al igual que él, espero un cambio. Por las miles de víctimas que regaron con su sangre las calles, cuando salieron a protestar…

NOTA IMPORTANTE: La presente nota es producto de una entrevista, desde el ámbito periodístico, al presidente de la CUT. 


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El incendio de una fábrica de camisas de Nueva York donde murieron 146 personas marcó la lucha por los derechos de la mujer

El Día Internacional de la Mujer del 8 de marzo fue declarado por las Naciones Unidas en 1975. Dos años más tarde se convirtió en el Día Internacional de la Mujer y la Paz Internacional. En Estados Unidos se celebra oficialmente tan solo desde 1994, a pesar de que es en aquel país donde se encuentran los orígenes de la conmemoración. ¿Por qué se eligió ese día?

La explicación más verosímil se remonta a mediados del siglo XIX, en plena revolución industrial. El 8 de marzo de 1857, miles de trabajadoras textiles decidieron salir a las calles de Nueva York con el lema ‘Pan y rosas’ para protestar por las míseras condiciones laborales y reivindicar un recorte del horario y el fin del trabajo infantil.

Fue una de las primeras manifestaciones para luchar por sus derechos, y distintos movimientos, sucesos y movilizaciones (como la huelga de las camiseras de 1909) se sucedieron a partir de entonces. El episodio también sirvió de referencia para fijar la fecha del Día Internacional de la Mujer en el 8 de marzo

El capítulo más cruento de la lucha por los derechos de la mujer se produjo, sin embargo, el 25 de marzo de 1911, cuando se incendió la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist de Nueva York. Un total de 123 mujeres y 23 hombres murieron. La mayoría eran jóvenes inmigrantes de entre 14 y 23 años.

Según el informe de los bomberos, una colilla mal apagada tirada en un cubo de restos de tela que no se había vaciado en dos meses fue el origen del incendio. Las trabajadoras y sus compañeros no pudieron escapar porque los responsables de la fábrica habían cerrado todas las puertas de escaleras y de las salidas, una práctica habitual entonces para evitar robos.

Al no poder huir, muchas de las trabajadores saltaron a la calle desde los pisos octavo, noveno y décimo del edificio. La mayoría de las víctimas murieron por quemadurasasfixia, lesiones por impacto contundente o una combinación de estas causas.

El desastre industrial, el más mortífero de la historia de la ciudad, supuso la introducción de nuevas normas de seguridad y salud laboral en el país.

Historia del Día Internacional de la Mujer

Antes de esta fecha, en EEUU, Nueva York y Chicago ya habían acogido el 28 de febrero de 1909 un acto que bautizaron con el nombre de ‘Día de la Mujer’, organizado por destacadas mujeres socialistas como Corinne Brown y Gertrude Breslau-Hunt.

Primer Día internacional de la Mujer Trabajadora

En Europa, fue en 1910 cuando durante la 2ª Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague (Dinamarca) con la asistencia de más de 100 mujeres procedentes de 17 países, se decidió proclamar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Detrás de esta iniciativa estaban defensoras de los derechos de las mujeres como Clara Zetkin Rosa Luxemburgo. No fijaron una fecha concreta, pero sí el mes: marzo.

Derecho a votar

Como consecuencia de esa cumbre de Copenhague, el mes de marzo de 1911 se celebró por primera vez el Día de la Mujer en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza. Se organizaron mítines en los que las mujeres reclamaron el derecho a votar, a ocupar cargos públicos, a trabajar, a la formación profesional y a la no discriminación laboral.

Coincidiendo con la primera guerra mundial, la fecha se aprovechó en toda Europa para protestar por las consecuencias de la guerra.

La celebración se fue ampliando progresivamente a más países. Rusia adoptó el Día de la Mujer tras la Revolución comunista de 1917. Le siguieron muchos países. En China se conmemora desde 1922, mientras que en España se celebró por primera vez en 1936.

El color morado es el color representativo del Día de la Mujer, y el que adoptan las mujeres o los edificios como signo de la reivindicación. Fue el color que en 1908 utilizaban las sufragistas inglesas. En los 60 y los 70 las mujeres socialistas escogieron este color como símbolo de la lucha feminista y posteriormente se le asoció a la jornada que se celebra cada 8 de marzo.


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En el 2022 son 3.6 millones de personas en situación de pobreza, que suman a las que ya ostentan esa condición. En conjunto son 22 millones. De esa cifra, se estima que 17 millones no consumen la tercera comida al día, y que cerca de un millón lo hacen sólo una vez al día.

Por Fernando Alexis Jiménez

Iván Duque fue a París, pero no a visitar la torre Eiffel, los campos Elíseos, el museo de Louvre, ni tampoco a tomarse un cafecito mientras apreciaba el desplazamiento idílico de embarcaciones en el rio Sena. Ya está cansado de esos atractivos luego de poco más de tres años de turismo por el mundo, por cuenta del bolsillo de los parroquianos de a pie. Esta vez fue distinto. Su propósito era rendirle cuentas a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde).

Habló bellezas de la situación de Colombia. Dijo que, pese a la pandemia, la economía creció por encima del 10% y enfatizó que, al terminar su período de gobierno, habrá cumplido con el 80% de los compromisos adquiridos con esa organización, que en términos prácticos es un club social de estrato diez en el que nuestro país, de estrato tres, pretende codearse con los más poderosos del mundo. Visión arribista de quienes detentan el poder entre los colombianos.

Su discurso era tan inverosímil, que uno de sus escoltas intercambió miradas con otro de Europa. Los dos se encogieron de hombros. Pensaban que Duque estaba describiendo una escena de “Alicia en el país de las maravillas”.

De lo que no habló el presidente, fue del crecimiento de la pobreza que hoy azota a los colombianos, como lo ha venido preconizando a diestra y siniestra el presidente de la Central Unitaria de Trabajadores, CUT, Francisco Maltés Tello.

Las cifras que comparte el dirigente obrero, catedrático universitario y economista de profesión, son demoledoras. En el 2022 son 3.6 millones de personas en situación de pobreza, que suman a las que ya ostentan esa condición. En conjunto son 22 millones. De esa cifra, se estima que 17 millones no consumen la tercera comida al día, y que cerca de un millón lo hacen sólo una vez al día.

Una situación dramática, como en las mejores escenas de “Los juegos del hambre”, de la escritora norteamericana, Suzanne Collins.

Hablar con Maltés Tello, en su céntrica pero modesta oficina en Bogotá, descorre de manera despiadada la cortina de humo que por espacio de varios meses viene tejiendo el gobierno nacional para ofrecerle al mundo una visión irreal de lo que ocurre con los colombianos.

Miremos el caso del desempleo—dice, al tiempo que garabatea sobre su agenda, una serie de cifras que evidencian el crecimiento de este fenómeno social– Se mantiene en dos dígitos, es decir 13.7%. También cabalga a un ritmo enloquecido la informalidad laboral, que superan el 60% de quienes son hoy una población económicamente activa.

Luego habla del índice Gini que mide la distribución del ingreso, o la desigualdad. Según su análisis, se encuentra en 0.54, lo cual muestra una sociedad profundamente desigual.

Nos gustaría que se mostrara la realidad de nuestra nación en los escenarios internacionales—precisa el presidente de la CUT mientras apura el café tinto, infaltable en su escritorio, junto a un arrume de papeles sobre su escritorio.

Viene una pregunta, que no puede pasar por alto en este breve espacio de diálogo:

¿Y la carestía?

Grave el asunto. Carestía e inflación son propiciadas por el gobierno nacional cuando incrementa el precio de la gasolina en más del 10%, y los servicios públicos domiciliarios en más del 11% Eso es mucho—el dirigente de la CUT enarca sus cejas para darle mayor contundencia a sus palabras–: Se estimula la especulación cuando la Superfinanciera autoriza tasas de interés cercanas al 27%, tampoco controla Duque la tasa de devaluación del peso frente al dólar.

Desde su perspectiva, fundamentado en cifras de las que echa mano como todo economista, lo complejo es que el crecimiento económico no se irriga a todos los sectores sociales. “Las cifras hablan por sí solas. Las ganancias se quedan en los bolsillos de los megarricos.”

Al terminar la entrevista y antes de abordar el taxi, me pregunto cómo vive el drama el señor que vende dulces a la vuelta de la esquina.

Tiene casi setenta años. Obviamente no tiene mayores oportunidades y, junto a la pequeña caja donde ofrece sus escasos productos, un bastón. Asumo que no tiene posibilidades de empleo. Y cuando Duque habló ante la OCDE, lo más probable es que no se estaba refiriendo a la realidad que enfrenta a diario este compatriota…

Blog del autor https://cronicasparalapaz.wordpress.com/


ppotes02/10/2022
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Cada vez que Diego Molano entrega a sus antiguas amigas de Alotrópico un jugoso contrato, algún medio pregunta por qué y él se hace el de las gafas. Las preguntas lo tienen sin cuidado.

Por Daniel Coronell – Publicado originalmente en la Revista Cambio Colombia

Esta semana el ministro de Defensa, Diego Molano, le entregó 595 millones de pesos en contratación directa a unas antiguas subalternas a las que viene favoreciendo año tras año e institución tras institución. Sucedió el miércoles pasado 4 de febrero. El contrato, velozmente tramitado bajo el objeto de “fortalecimiento institucional”, arrancó inmediatamente y terminará a fines de agosto. Así el sucesor de Molano, en el nuevo gobierno, alcanzará a disfrutar del recuerdo del hoy ministro y de sus protegidas.

La empresa beneficiada se llama Alotrópico SAS y las felices accionistas son Lilian Polanía, Martha Isabel Restrepo e Isabel Quiroga. Las socias de la compañía tienen una cosa en común: todas trabajaron como subalternas de Diego Molano cuando era director del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF.

Lilian Polanía era parte de la oficina de comunicaciones del ICBF, Martha Isabel Restrepo era la coordinadora de comunicación audiovisual de la misma entidad e Isabel Quiroga era la directora del departamento. En esa condición tenían relación permanente con el ahora ministro.

Muy meritorio que las tres damas se asocien y decidan iniciar una empresa. Lo increíble es que siempre resulten recibiendo contratación directa de las entidades públicas por donde pasa el viejo jefe.

Debo decirles que no es la primera vez, ni la primera institución dirigida por Diego Molano, que le entrega contratación directa a Alotrópico SAS. La periodista Ana María Cuesta, quien en ese momento trabajaba para La FM de RCN, denunció la situación a raíz de otro contrato con MinDefensa esta vez por casi 900 millones de pesos.

La historia empezó unos días antes.

El 1 de febrero del año pasado, Molano se posesionó en remplazo del fallecido ministro Carlos Holmes Trujillo. Apenas se había sentado en su potente silla cuando ordenó trasladar de Santa Marta a Bogotá al teniente coronel de la Policía, Alex Durán. Así nombró al uniformado como ayudante personal. El coronel Durán es el esposo de Isabel Quiroga, una de las afortunadas dueñas de Alotrópico SAS.

El mes siguiente, en pleno pico del covid, el ministro Molano decidió que era hora de “mejorar la imagen institucional” y destinó a ese propósito 898 millones de pesos.

El proceso para contratar esa suma duró apenas unas cuantas horas.

El miércoles 31 de marzo, por cierto miércoles de Semana Santa, el Ministerio de Defensa le pidió a la empresa Alotrópico SAS —y a ninguna otra— que le presentara una oferta de servicios. La propuesta llegó y debió ser de una contundencia asombrosa porque ese mismo Miércoles Santo firmaron el contrato.

Un contrato ganado contra nadie por la empresa de la antigua subordinada del ministro y esposa de su ayudante.

Antes de ser ministro de Defensa, Diego Molano era el director administrativo de la Presidencia de la República. Y aquí siguen las coincidencias.

En los archivos públicos consta que el 8 de abril de 2020, la Presidencia de la República firmó con Alotropico SAS un contrato por 461 millones de pesos, que tiene como finalidad socializar y promover temas de interés nacional “que les sean asignados por el presidente de la república mediante la metodología ‘transformar comunicando, guía práctica para transformar imaginarios de la comunicación social’”.

Cada vez que Diego Molano entrega a sus antiguas amigas de Alotrópico un jugoso contrato, algún medio pregunta por qué y él se hace el de las gafas. Las preguntas lo tienen sin cuidado.

Para despedirse no podía faltar el cariñito. Esta semana fue firmado el nuevo contrato por casi 600 millones de pesos para que la empresa de las señoras emprenda “acciones de transformación y protección de imaginarios que tiene la población en relación con los temas relacionados con seguridad y defensa del Estado”.

Este es el triste epílogo del gobierno de Iván Duque que se proclamó paladín de la austeridad. Mientras el presidente recorre el mundo con su hermano en el avión presidencial, su ministro de Defensa raspa la olla con cargo al presupuesto nacional.


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EL sacerdote jesuita Javier Giraldo, dedicado a la defensa de los Derechos Humanos, y acompañante de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, habló sobre las amenazas a ese corregimiento, la captura de Otoniel y el balance del Acuerdo de paz .

Nota publicada originalmente en el Diario El Espectador

Javier Giraldo pasa al teléfono con la voz más apagada a causa de una gripa que lo afectó los últimos días del año. Contesta desde el Urabá, donde acostumbra a pasar la Navidad junto a los miembros de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, fundada a finales de los noventa en una pequeña localidad rural de Apartadó (Antioquia), y una causa que él acompaña y que ha resistido las embestidas de todos los grupos armados de la región.

El padre Javier, como se lo conoce de forma coloquial, ha sido un referente en la defensa de los Derechos Humanos en el país desde que en la década del ochenta encabezó la Comisión Intercongregacional de Justicia y Paz. Autor de varios libros sobre el conflicto armado, Giraldo fue muy crítico con el proceso de paz con los paramilitares y ahora muestra sus reparos a los acuerdos de La Habana, a los que según él despojaron de “toda su fuerza”. Colombia+20 conversó con el padre Giraldo la última semana de diciembre de 2021 sobre este y otros temas.

A cinco años de los acuerdos de La Habana, ¿cuál es su balance?

Creo que no se tocó ninguna de las raíces de la violencia en Colombia. En primerísimo lugar el problema de la tierra, pero también estaba el problema de la democracia y todo el problema de la manipulación mediática. Nada de eso se tocó en los acuerdos. De como se desarrolló el acuerdo de paz yo hice un cierto seguimiento los primeros años y saco una evaluación muy negativa de todo.

Entre lo firmado en La Habana en septiembre de 2016 y lo firmado en Bogotá después de pasar por Cartagena, hay unas diferencias enormes. Después vino el paso por el Congreso, que fue fatal. El Congreso y la Corte Constitucional metieron la mano y creo que le quitaron todos los dientes que el acuerdo podía tener, o lo que quedaba, porque ya lo habían despojado de toda su fuerza. Es muy distinto a lo que se pensó en La Habana.

Algo positivo es que casi 13.000 hombres y mujeres que estaban en armas ya no lo están…

Sí, pero han asesinado a muchos de ellos. Es como una constante de todos los acuerdos de paz anteriores: primero, no se tocan las raíces del conflicto; segundo, se asesina a los que se desmovilizan; tercero, se reciclan siempre los factores de la guerra y termina reciclándose la guerra.

El país rechaza los asesinatos de líderes sociales, por el simple hecho de apoyar el proceso de paz.

¿Qué ha cambiado en la situación de violencia y amenazas contra la Comunidad de Paz de San José de Apartadó?

Mirando un poco más atrás la situación comenzó a modificarse, aunque no con cambios sustanciales, desde la desmovilización del año 2016 porque se fueron estos grupos de las Farc que hacían presencia, pero el paramilitarismo fue tomando control de todas las veredas. Hoy en día ya todas las veredas del corregimiento tienen un control mediante presencia de por lo menos una persona o una familia que ellos llaman “puntos”, que es propiamente un sistema de espionaje.

Ellos convocan permanentemente asambleas de juntas de veredas, ponen sus puntos de vista sobre la agricultura, qué se puede sembrar, qué no se puede sembrar, ponen impuestos ilegales, imponen su modelo de desarrollo, que es antiecológico y va en contra de todo lo que la comunidad ha pensado siempre. En esas asambleas de veredas lanzan amenazas y quieren dejar siempre sentado que ellos son la autoridad de la región.

Nadie se puede oponer a ellos. Todo el mundo se tiene que someter y el que no se someta pagará las consecuencias. Hasta ahora no han obligado a la Comunidad de Paz a asistir a esas asambleas, pero cada vez la presión y la amenaza es más fuerte. Las respuestas que da el Gobierno y las Fuerzas Armadas a todas las quejas que la comunidad le transfiere a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, siempre son evasivas diciendo “no sabíamos, no estábamos presentes en la zona” o “vamos a investigar” y nunca se investiga, así va avanzando este tipo de control.

El padre Javier Giraldo expresa su preocupación por el desarrollo de los acuerdos de paz.

Otoniel dijo que lo suyo fue una entrega y además que busca una negociación de paz con el gobierno, ¿qué opina de ambas afirmaciones?

Creo que es muy ambiguo. Pocas personas en Colombia se tragaron esa versión de la captura de Otoniel, eso fue una obra de teatro demasiado mal preparada. La presencia del Clan del Golfo ha sido ciertamente de un paramilitarismo coordinado y articulado con la Fuerza Pública. Entre octubre y diciembre en la región del Chocó y el norte de Antioquia hubo tal agresión de los paramilitares coartando todas las actividades, incluso religiosas, que hubo misiones de verificación en las que participaron varios obispos, organismos internacionales y humanitarios.

Esas misiones sacaron unos comunicados muy fuertes y resulta que el Ministerio de Defensa está enfurecido contra la Iglesia por esa denuncia y exigió retractación por una de las afirmaciones que aparecen en esas denuncias: la que decía que hay síntomas de que el Clan del Golfo y el Ejército están actuando conjuntamente.

El Ejército está enfurecido exigiendo retractación, pero uno se pregunta, ¿qué pruebas van a exigir? Si quienes estuvieron en estas misiones escucharon el testimonio de la gente que ha vivido en carne propia las cosas terribles que están haciendo los paramilitares. Las mismas religiosas que están en esas zonas rurales les decían “aquí está la base militar y a pocos metros está la base paramilitar”. ¿Cómo van a negar que están actuando juntos?.

Hay una connivencia muy evidente que ya se ha denunciado, no solamente en el norte de Antioquia y el Chocó, sino en el Caquetá, en Putumayo, en Guaviare, que muestra lo mismo: se nota una articulación y connivencia incluso con algunas disidencias, con el Clan del Golfo y otros grupos paramilitares. La situación se ve muy grave.

El Ejército tiene a su favor que ha dado golpes duros al Clan del Golfo y eso es lo que reclama en su carta de retractación el brigadier Óscar Murillo, comandante de la Fuerza Titán del Chocó. Quizá es ambiguo eso de la connivencia…

Es cierto, yo creo que ellos manejan todo esto dosificadamente, de tal manera que puedan defenderse y mostrar la otra cara, la de la persecución, en determinados momentos. Pero hay algo que salta como una preocupación de fondo y es el problema de la verdad. 

Hasta qué punto los grupos que ellos dicen que han golpeado son realmente del Clan del Golfo, o más bien son delincuencia común o incluso de guerrilla, y tratan de presentarlos así. ¿Dónde está la credibilidad? ¿Dónde está la verdad?

Más de 13 mil reinsertados han sido asesinados desde que se firmaron los acuerdos de paz.

Las misiones humanitarias han tratado de escuchar el testimonio de las víctimas. Aquí los militares piden pruebas y las únicas pruebas válidas son las que van a las Fiscalías o a las Procuradurías, esas no son pruebas dentro de cierto consenso de los movimientos sociales, en primer lugar porque los que van a denunciar entran en un riesgo grandísimo y esa no es una vía de denuncia para los movimientos sociales, menos en un momento en que todos los órganos de control están cooptados por el alto Gobierno.

Entonces está de por medio el problema de la verdad, a quién creerle y cómo acceder a la verdad en un momento de estos en que no se puede confiar en los órganos de control. Uno ve tantas mentiras, por miles, de carácter oficial. El sólo hecho de que se destaparan más de 6 mil casos de falsos positivos muestra eso, 6 mil veces que el alto Gobierno fabricó falsas verdades y le presentó al país grandes mentiras relativas a crímenes horrendos que se presentaron como verdades y ahora se destapan.

Eran mentiras revestidas de verdad. Lo mismo es lo que ha pasado con la Comunidad de Paz de San José de Apartadó: si uno mira la masacre del 2005, el gobierno trató de venderle al país la falsa idea de que había sido la guerrilla la que había hecho esa masacre, ahora es la Corte Suprema de Justicia la que condena a 10 militares. Nos vendieron una falsa verdad durante varios años, era una mentira oficial revestida de verdad. Eso ha ocurrido multitud de veces.

Hugo Torres, obispo de Apartadó, asegura que la captura de Otoniel abre la posibilidad para la paz con el Clan del Golfo, ¿qué cree al respecto?

En primer lugar, eso del fin del Clan del Golfo es completamente falso, no fue una captura sino una entrega. Además, no se tocó la estructura de ellos que hace tiempo tenían su nuevo comandante elegido y todas sus finanzas reorganizadas. La estructura sigue sin tocar, lo de Otoniel no afectó para nada esa estructura.

Luego, el solo hecho de todas estas denuncias de connivencia con el Estado, eso no abre nada, al revés, en lugar de un espacio para la paz creo que más bien se agrave el problema de la guerra. El Ejército sabemos que nunca ha luchado como una defensa real de los sectores populares y los movimientos sociales, sino más bien como una represión de todas esas fuerzas. Y ahora se une con estos paramilitares que también son una fuerza contra los movimientos sociales. Se está es agravando el problema de la guerra.

Pero el mismo Otoniel dijo en su comparecencia ante la Justicia Especial para la Paz que ellos están dispuestos a hacer la paz…

Yo no sabría valorar eso… hasta donde llegará la sinceridad de todo esto.


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Semanas después, el domingo 8 de octubre de 2006 para ser precisos, apareció asesinado el cabo Raúl Carvajal, en el cerro de la Virgen, en el corregimiento de Lajas, en el municipio de Tarra, Norte de Santander. Se negó a asesinar civiles para hacerlos pasar por guerrilleros. Desafío la política macabra de los “falsos positivos”

Por Ricardo Romero Silva – Escritor y columnista de El Tiempo

Feliz Navidad, don Raúl Carvajal, descanse en paz porque de voz en voz en voz sigue viajando la noticia de que a su hijo, el cabo, lo mataron por negarse a cometer un par de “falsos positivos”.

Mijo, ¿y qué?: ¿Cómo está eso por allá?–, le preguntó usted la última vez que hablaron.

Papá, esto aquí está muy feo; a mí me mandaron a matar a dos muchachos para hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate y yo no los quise matar. Yo me voy a retirar–, advirtió él joven militar, que hoy encarna a tantos soldados que se negaron a la rutina del horror, como quien va dejando migas de pan en el camino a la verdad.

Semanas después, el domingo 8 de octubre de 2006 para ser precisos, apareció asesinado en el cerro de la Virgen, en el corregimiento de Lajas, en el municipio de Tarra, Norte de Santander. Y usted, respetado don Raúl, se dedicó a contar la historia.

Que el hijo que llevaba su nombre pertenecía al Batallón de Infantería Antonio Ricaurte de Bucaramanga. Que, luego de nueve años de servicios al ejército, acababa de ser trasladado a la Unidad Destructor Uno de la Brigada 30 de la Segunda División.

Y no fue asesinado por un francotirador de las Farc en la tal Operación Serpiente, como se repitió hasta la maldad, porque en aquellas fechas no hubo enfrentamientos en aquellos parajes, sino que fue atado de pies y manos, golpeado, torturado, ejecutado a dos metros de distancia y manipulado por otros soldados para cerrarle el paso a su fantasma, a su verdad:.

Tenía la cabeza rellena de papel periódico“, dijo usted, don Ricardo. Hace diez años le dieron los huesos de su niño, en el camposanto donde habían sido enterrados, pues no había con qué pagar la sepultura. Y empezó su odisea para contar lo que pasó como pasó.

Pero Colombia ha sido la distancia entre la verdad y la justicia. Usted despertó seguro de su paso a seguir, ordenó a su familia que se hiciera a un lado porque “yo ya no quiero llorar a otro“, subió al furgón Dodge en el que llevaba comida de las veredas a las ciudades, el PAH 605 de Montería, con los restos del cuerpo que fue su hijo, y vino a la plaza de Bolívar de Bogotá, el mar que recibe todos los ríos que ha olvidado, a contarles este relato en la cara a tantos poderosos que se encogen de hombros entre la guerra:

Si usted supiera lo que duele la muerte de un hijo”, le gritó a Uribe en la plaza el domingo 20 de febrero de 2011, “ustedes no han querido dejar que se esclarezca este asesinato“.

Y se parqueó diez años en la avenida Jiménez con la carrera 7.ª a esperar justicia. Y pidió a Dios que le dejara vivir hasta que esta historia pasara de vida en vida.

Murió el sábado 12 de junio de este año, a los 73, por culpa de la peste escabrosa que ha sido el fin de 129.534 colombianos. Escuchó que su hijo era uno de los 6.402 “falsos positivos” con los que dio la JEP. Pero no alcanzó a ver a Santos pidiéndoles “perdón a todas las familias, víctimas de este horror, desde lo más profundo de mi alma”.

No supo que al principio de esta Navidad –la moraleja de la Navidad es, se sabe, que vivir es volver a nacer– 21 militares aceptaron cargos por cientos de ejecuciones extrajudiciales; no imaginó que su gente vendría aquí, a Bogotá, a seguir su tarea, a pedir que su furgón quede parqueado en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación:

Necesito que mi hermano y mi padre descansen donde quiera que estén”, dijo su hija Doris en un funeral plagado de tapabocas, “ni siquiera sabía que esto era silencio“.

Feliz Navidad, señor Carvajal, descanse en paz que usted –con su historia a cuestas– no solo es el personaje de este año en el que fuimos llamados a decirnos la verdad, sino que será siempre el colombiano que dejó en claro que ningún padre merece ser evangelista de su hijo.

Página del autor www.ricardosilvaromero.com



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