SINDICATO UNITARIO DE LA GOBERNACIÓN DEL VALLE DEL CAUCA
NOSOTROSCONTACTO 17 May, 2022

Actualidad

ppotes05/14/2022
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En muchos países, para que a un individuo lo intercepten, se requiere de la sospecha razonable y justificada de que cometió una infracción. Acá, en México, y en otros países latinoamericanos solo se requiere de la voluntad del agente y no hay quien le pida cuentas.

Por Catalina Uribe Rincón


Durante un viaje a México, la persona que atendía el alquiler de carros me entregó las llaves y me advirtió algo así: “Si la detiene algún policía, no le entregue su licencia de conducción, muéstresela a través del vidrio. Por ninguna razón baje la ventana”.

La advertencia obedecía a una supuesta práctica en que la policía tomaba el documento y esperaba una “colaboración” del conductor para devolverlo.

Durante ese viaje volví a recrear el pequeño miedo que sentía cuando era menor y veía un policía a lo lejos, de tránsito, sobre todo, pero las alarmas se me prendían con todos los demás. En mi infancia era recurrente la advertencia de que la policía detenía a la gentepara ver qué le encuentra” y que era mejor no mirarlos y acelerar.

Volví a pensar recientemente en “las paradas de la policía” mientras tenía una conversación con el gerente de una cadena de hoteles en Bogotá.

Hablando de la inseguridad y de las formas en que las autoridades intentan combatirla, me contó de algunas modalidades de robo.

Una de ellas consiste en policías falsos que abordan con cualquier excusa a turistas previamente fichados y les piden sus pasaportes. Los turistas, asumiendo que la práctica de parar ciudadanos para asuntos de rutina no es sospechosa, dan sus pasaportes que son luego apropiados por los ladrones, quienes exigen un dinero a cambio. Por lo general, el turista tiene un viaje próximo y paga lo que sea por recuperar su documento.

El problema de que se haya vuelto una práctica común que la policía pare “para ver qué encuentra” no sólo debería estar pendiente de reconsideración por inocua; tal licencia resuelve menos la criminalidad que “el diciembre” de algunos policías.

Hay otra razón de más urgencia: se empieza a aceptar una práctica que, aunque sin pretenderlo, facilita delitos cada vez más graves.

En muchos países, para que a un individuo lo intercepten, se requiere de la sospecha razonable y justificada de que cometió una infracción. Acá y en otros países latinoamericanos solo se requiere de la voluntad del agente y no hay quien le pida cuentas. Algo sospechoso en términos de derechos, pero que hoy es clave revisar en términos de daños concretos.


Publicado originalmente en el Diario El Espectador


 


Sugov05/11/2022
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Los caleños y vallecaucanos han respondido con entusiasmo a la campaña de denuncia emprendida por el Sugov bajo el nombre de Avanzada Sindical “Por la dignidad vallecaucana”. Algunos hasta se han tomado fotos junto a las vallas móviles.

El Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle del Cauca—SUGOV—avanza en su Acción Sindical “Por la dignidad vallecaucana”, que inició con la elaboración de cuatro murales de denuncia en los puntos cardinales de Cali.

Dos de los cuatro espacios en los que habíamos pintado enormes grafitis exponiendo el incumplimiento de la actual administración a las promesas que formuló y en las que creyeron sinnúmero de personas, fueron vandalizados.

La valla móvil que comenzó su recorrido de una semana en Cali y proseguirá en los municipios.

Pero como bien lo anota la serie de televisión cubana “En silencio ha tenido que ser”, estrenada en 1979, las palabras no pueden ser acalladas. Por eso seguimos en las calles con pendones gigantescos y adhesivos que aparecen en lugares transitados.

Y para mayor visibilidad, las vallas móviles que recorren inicialmente las calles de la Sultana del Valle y, en una semana, los municipios. ¡Nada podrá detenernos!

¿Qué estamos denunciando? Varias cosas: la arremetida contra uno de los patrimonios públicos como lo es el Ecoparque de Pance, en proceso de privatización, el debilitamiento del Club de Empleados del Departamento—hoy a las puertas de la quiebra–, el incumplimiento sistemático de los acuerdos laborales pactados con los empleados y, algo todavía más insólito: la afectación a los contratistas de la Gobernación a quienes hace tres años no se les ajustan sus honorarios.

Todo esto sumado a que hay obras que están literalmente estancadas, como el puente de Juanchito o el retraso de la vía a Candelaria. Podríamos enumerar más, pero aquí cabe mostrar las gráficas que evidencian la forma como avanzamos en nuestro proceso de denuncia. ¡Callarnos, jamás… Avanzar, siempre!

En los siguientes registros gráficos, los pasacalles fijados en Cali y los municipios…

El carro con la valla móvil… Curiosamente, algunas personas se han tomado fotos junto a la imagen… Se identifican con nuestras denuncias…

Y estos son los adhesivos gigantes que se están colocando en lugares visibles y de amplio tránsito de personas…

 

 


ppotes05/08/2022
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Las mágicas selvas del departamento de Chocó se convirtieron en la peor trampa para una columna guerrillera que desembarcó allí proveniente de la isla de Cuba en marzo de 1981. Esa aventura concluyó con la desaparición a manos del Ejército Nacional de 35 de sus integrantes. El escritor Darío Villamizar recuperó esa historia.

Publicado originalmente en el Portal Verdad Abierta


El 6 de febrero de 1981 un grupo de 40 guerrilleros del Movimiento 19 Abril (M-19) llegó a las playas de la Ensenada de Utría en la zona media del departamento de Chocó. Venían de recibir instrucción militar y política en Cuba, y se aprestaban a iniciar una larga caminata entre la manigua para alcanzar las estribaciones de la cordillera Occidental, en límites con Antioquia y Risaralda.

Ninguno de los que viajó desde la isla del Caribe conocía con detalle la región. Eso sí, los animaba el espíritu insurgente, “las ganas de echar pa’lante” y buscar a través de las armas un camino para un mejor país, estimulados por el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua. Pero eso no sería suficiente.

Entre ese grupo de combatientes del M-19 venía Carmenza Cardona Londoño, más conocida en el país como ‘La Chiqui’, una mediática guerrillera que condujo las negociaciones con el gobierno del entonces presidente Julio Cesar Turbay Ayala (1978-1982) luego de la toma de ese grupo subversivo a la Embajada de República Dominicana en Bogotá el 27 de febrero de 1980 para canjear a los diplomáticos por presos políticos.

Darío Villamizar, escritor y ex militante del M-19, autor de un episodio desconocido del M-19 en el Chocó

Tras unas prolongadas negociaciones, que concluyeron el 27 de abril de ese año, el comando del M-19 entregó a los funcionarios y, a cambio, los guerrilleros fueron enviados a Cuba. Varios de ellos regresarían un año después al país, armados y preparados para continuar la guerra, pero se enfrentaron a la selva chocona, las comunidades indígenas y a las tropas del Ejército. Entre todos ellos doblegaron, sin misericordia, el espíritu insurgente tres meses después de aquel desembarco.

La tragedia se avizoró desde el segundo día del desembarco: “En estos momentos comenzaron a perfilarse los errores que se cometieron en la organización de este trabajo.  No había comida, ni siquiera sal, no había plásticos suficientes ni medicamentos, no existió un campamento apropiado ni caminos ni información de la zona”, escribió luego Ventura Díaz, uno de los guerrilleros inmerso en aquella aventura y quien sobrevivió a aquella singular marcha, junto con otro de sus compañeros.

Ese profundo drama contrastó con las nuevas percepciones de la situación del país que con juicio consignaba ‘La Chiqui’ en su diario a medida que avanzaban en la cerrada manigua chocoana. El 18 de abril, sábado, escribió: “Yo veo ya lejos la camioneta donde hice la negociación, la concepción de la guerra ha variado mucho en este año, no es con diálogos que ganaremos la guerra, es al calor de las balas y hombro a hombro con el pueblo”.

Pero los cambios también estaban del lado del gobierno nacional y de sus Fuerzas Armadas, que se habían modernizado, eran más eficaces y no escatimaban recursos ni las frenaban las normas del respeto a los derechos humanos para combatir la insurgencia, como lo hizo en la selva chocoana.

Esa tragedia aún continúa para las familias de los insurgentes, pues 35 de ellos, ‘La Chiqui’ incluida, continúan desaparecidos luego de ejecutada la Operación Córdova por tropas de la VIII Brigada del Ejército. De hecho, la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), creada bajo el Acuerdo de Paz firmado entre el Estado colombiano y la extinta guerrilla de las Farc, dispuso desde 2019 un plan de búsqueda de los restos de esos excombatientes, sin que se conozcan públicamente resultado alguno.

Entrega de armas por parte del M-19, en una etapa en que le creó a los gestos de paz del gobierno nacional. En la gráfica el comandante Carlos Pizarro Leóngomez – Foto Revista Semana

De lo ocurrido en la manigua chocoana se ocupa el nuevo libro de Darío Villamizar, escritor y exintegrante del M-19, titulado “Crónica de una guerrilla perdida: la historia inédita de la columna del M-19 que desapareció en la selva del Chochó” (Penguin Random House Grupo Editorial, 2022), que fue presentado el pasado viernes en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO).

VerdadAbierta.com abordó a Villamizar un día antes de su presentación en la FILBO para hablar de las sensaciones que le ha dejado rastrear y escribir estos sucesos, así como de sus principales protagonistas y sus consecuencias. Advirtió que “es una historia triste, de muerte, de desapariciones”.

La guerrilla del M-19, de naturaleza principalmente urbana, tuvo una gran acogida entre la juventud. En el centro de la fotografía la legendaria guerrillera “La Chiqui”.

Revisión de los hechos

VerdadAbierta.com (VA): Las historias de la insurgencia armada están muy desvalorizadas en el país y en buena parte de América Latina. ¿Por qué arriesgarse con una crónica sobre hechos ocurridos hace cuatro décadas?

Darío Villamizar (DV): Tienes razón, estos no son temas de todos los días ni de todas las horas, son temas que han ido pasando un poco. Yo me lo explico en la medida que el conflicto político armado ha ido decreciendo, ya no hay la intensidad de los años ochenta; sin embargo, éstas siguen siendo historias desconocidas.

Fíjate que esta crónica lo que cuenta es eso: una historia que ocurrió hace mucho tiempo, pero de la cual se sabe poco; incluso, quienes hacíamos parte del M-19 no conocíamos esa historia. Teníamos unas referencias muy generales, de qué mandos o de qué personas habían muerto ahí o estaban desaparecidas, cuál era la intención general de esa operación, pero no teníamos el detalle que, finalmente, se pudo consignar en el libro.

Yo creo que esa es una de las razones fundamentales: dar a conocer estas historias, que no se pierdan y, sobre todo, historias de personas como ‘La Chiqui’, que fue una mujer emblemática para la guerrilla en Colombia y que muy poco se supo de su final. Ella misma nos deja ver en el diario que escribió cómo fueron esas tristes semanas de 1981.

VA: ¿La información en el M-19 era tan compartimentada que ese suceso no fue revelado en su momento en la organización?

DV: La información se conoció, básicamente, por la prensa, pero la información era compartimentada; además de eso, se sucedían acciones tras acciones, entonces casi que de inmediato vino una acción muy grande, la del Karina, el barco que quiso entrar por el Pacífico y que fue hundido por la Armada. Esa fue una operación que ocurrió dos meses después de los sucesos del Chocó.

Entonces una operación iba opacando otra operación, y no eran muchos los espacios para discutir esto que estaba ocurriendo. Por decirte que la siguiente reunión grande después de estos sucesos fue en 1982. Antes no hubo otros momentos para discutir, para pensar, para analizar qué era lo que estaba ocurriendo.

Al caribeño, Jaime Báteman Cayón, se atribuye el ser uno de los fundadores de la guerrilla urbana del M-19, inspirada en la legendaria insurgencia de los tupamaros.

VA: A través de la tragedia que vive la columna de guerrilleros que desembarcó en las playas choconas, se percibe una dirigencia desconectada de la realidad de los territorios, de las comunidades. ¿Es así?

DV: Hubo una sobrevaloración de la fuerza. Pretender que 40 combatientes atraviesen esa selva profunda como es el Chocó en unas condiciones de mínimos o casi nulos apoyos de comunidades era un despropósito por decir lo menos. Creo que no hubo un estudio previo de las condiciones políticas, económicas y sociales de la región. Y no se contó con unos apoyos suficientes para hacer esa travesía.

Listado de desembarcados en la Ensenada de Utría

VA: ¿Podemos concluir entonces que fue una operación improvisada?

DA: Yo creo que ahí sí hay improvisación y aparte de eso también creo que hay mucho voluntarismo, mucho afán de hacer las cosas. En alguna parte del libro digo que la época era casi una consigna de dos palabras: “Hágale, compañero”. Y significaba seguir para adelante, pese a las dificultades y a las contingencias que se estaban presentando, para lograr los propósitos que se tenían.

Todo eso se sintetiza en una palabra, voluntarismo, que fue un elemento que dominó por un largo tiempo el accionar del M-19.

En esta camioneta van se realizaron por más de cincuenta días, las negociaciones entre el gobierno nacional y el M1-9 en cabeza de la legendaria “Chiqui”, cuyo nombre real era Carmenza Cardona Londoño.

VA: En un aparte del libro, uno de los guerrilleros que desertó de aquella operación calificó al M-19 de oportunista, inmediatista, socialdemócrata y aventurero. ¿Está de acuerdo con esa descripción?

DV: Yo no la comparto. Tal vez lo único que compartiría de esa afirmación, de esas cuatro categorías, digámoslo así, es la de socialdemócrata porque el M-19, a partir de 1980, empieza a identificarse con esa corriente política que tenía muchísima fuerza en ese momento en el mundo.

Pero las otras no lo comparto. Por supuesto que hubo momentos de improvisación, de falta de planeación, de excesiva confianza en la propia fuerza, pero de ahí de catalogar a la organización y a la dirigencia como oportunista es un concepto que no comparto.

VA: En algunos apartes de su libro se perciben algunas acciones del M-19 como ingenuas. ¿Considera que el M-19 fue una guerrilla ingenua?

DV: Si, puede ser ingenuidad.  Yo creo que esa excesiva confianza en la propia fuerza tiene un trasfondo de ingenuidad. Creo que desconocer los avances los avances que tenía la Fuerza Pública también es un poco de ingenuidad.

Pero también tenemos que partir de una realidad muy concreta y es que estábamos viviendo bajo el Estatuto de Seguridad, un periodo muy complejo para el país, donde el respeto a los derechos humanos fue mínimo; qué no decir del respeto a los combatientes. No había una situación favorable para actuar de otra manera.

Te aceptaría lo de la ingenuidad, pero dentro de esas categorizaciones. Pero no era una ingenuidad que buscara perjudicar a la organización. La palabra oportunismo si creo que tiene mucho de eso, satisfacer un interés personal o grupista.

Una escena dolorosa para Colombia: el gobierno se negó a entrar en diálogo con la guerrilla del M-19 y prefirió sacrificar la vida de decenas de civiles.

VA: Una vez concluida su crónica, ¿cambió en algo su percepción sobre Jaime Bateman, el máximo dirigente del M-19 en aquellos años?

DV: Yo creo que él pudo haber hecho más en ese momento, pudo haber profundizado una reflexión, pudo haber analizado y haber avanzado en una autocrítica. Claro, decir esto más de 40 años después es muy sencillo, pero creo que sí era necesario que el M-19 hubiera ordenado muchos más espacios de mayor discusión y deliberación.

Ahora había una situación que también dificultada todo. La organización estaba estructuralmente incompleta. La cabeza la había prácticamente arrancado. Todos los miembros del Comando Superior y muchos de la Dirección Nacional estaban presos. Y habían pasado por detenciones arbitrarias, por la tortura. El único del Comando Superior que estaba libre era Jaime Bateman, quien estaba dirigiendo una organización en condiciones bastante precarias de acompañamiento. Eso también puede explicar un poco las dificultades y las incongruencias.

Hubo mandos que asumieron tareas para las cuales no estaban preparados porque otros mandos mejor preparados y con mayor formación estaban presos.

VA: Para aquella época de los hechos, ¿cuál era su función en la estructura del M-19?

DV: En 1981 estaba fuera del país, estaba haciendo lo que nosotros llamábamos trabajo internacional, que era un trabajo amplio, abierto y también clandestino. Yo estaba en Ecuador, eso no es un secreto, porque en alguna oportunidad me detuvieron y, por supuesto, que eso se conoció.

Jaime Báteman Cayón, antes de morir en un accidente aéreo, le propuso al gobierno nacional avanzar hacia la concresión de una paz dialogada.

“Solidaridad” de Cuba y Panamá

VA: Su crónica deja muy claro el papel que los gobiernos de Cuba, con los hermanos Castro a la cabeza, y Panamá, con Omar Torrijos, tuvieron un papel clave en la operación que llevó a los 40 combatientes a la Ensenada de Utría. ¿Qué análisis hace al respecto?

DV: Esas situaciones se veían como solidarias. Estamos hablando de 1980, 1981: había triunfado la revolución sandinista en Nicaragua (1979) y era un momento de máximo avance de las fuerzas revolucionarias en Centroamérica. Es decir, había toda una euforia en favor de la lucha armada, eso no se puede negar.

De manera que ese apoyo cubano con relación a la capacitación militar se veía como parte del internacionalismo, como la solidaridad que ellos, por el hecho de ser una revolución avanzada, brindaban a los movimientos revolucionarios de América Latina. No fue sólo al M-19, sino a muchísimas organizaciones del continente y de otros continentes.

Y con relación a Panamá diría lo mismo, estaba a la cabeza del gobierno Omar Torrijos, un militar nacionalista, revolucionario, que había logrado que el canal transoceánico pasara a manos panameñas; además, y, además, tenía una preocupación por la paz en Colombia.

VA: ¿Y cómo ese interés de Torrijos se articulaba con las operaciones del M-19?

DV: Estamos en 1981, y para ese momento la organización había hecho propuestas relacionadas con la posibilidad de una negociación política del conflicto. Jaime Bateman, durante la toma de la Embajada de República Dominicana había escrito una propuesta de paz.

De manera que el M-19 buscaba con estas acciones del Chocó, Nariño y Putumayo, acortar los tiempos de la guerra, había las condiciones para seguir cabalgando sobre una propuesta de paz y en eso se mantuvo durante la década de los años ochenta hasta lograr la paz en el noventa.

VA: Con la creación de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, ¿usted cree que ambos países, como Estados, deberían aportar algo al respecto de ese tipo de apoyos a la insurgencia colombiana?

DV: No sé si la Comisión de la Verdad ha avanzado en ese sentido, pero creo que parte de la verdad y de las incógnitas que todavía existen sobre el conflicto están en esos países. De hecho, los cubanos en una época tuvieron unos archivos muy organizados de todas sus actividades, no los dejaban ver, pero tenían registros de lo que hacían, de quiénes, cómo, dónde, con quién y por qué, sí lo tenían. Verlos sería un gesto para alcanzar una verdad más integral de lo ocurrido en Colombia.

La retoma del Palacio de Justicia por parte del ejército, llevó a que civiles fueran literalmente sujetos a “ejecuciones sumariales” por considerarlos cercanos al M-19.

En busca de los cuerpos

VA: ¿Cuál es su valoración sobre el comportamiento del Ejército en la persecución, eliminación y desaparición de los combatientes del M-19 en Chocó?

DV: El Ejército actuó en esta operación como estaba actuando en muchas otras actividades antisubversivas, sin ningún miramiento a los derechos humanos. Recordemos que estaba vigente el Estatuto de Seguridad, bajo el cual las Fuerzas Armadas tenían un visto bueno para sus actuaciones.

Recordemos también que organismos internacionales como al Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional estuvieron atentos al desarrollo de las violaciones a los derechos humanos en Colombia.

Este es un caso de desaparición forzosa, de los 40 combatientes que llegaron a la Ensenada de Utría 35 están desaparecidos. El hecho ha sido conocido por la UBPD, que ha hecho varias misiones de prospección. Creo que todavía hay una gran parte de la verdad de lo que ocurrió que está por resolverse y puede resolverse por la vía de la localización de los cuerpos de las personas que se encuentran desaparecidas.

VA: ¿Habrá militares activos, o por lo menos vivos y ya retirados, que puedan saber de esa operación y de lo ocurrido con los combatientes?

DV: Yo estuve tanteando por esos lados y no tengo información directa de personas que hayan participado en los sucesos.

VA: ¿Su libro tiene algún mensaje para el Ejército?

DV: Sé que varios oficiales en servicio activo o en retiro han leído el libro, y claro, en el fondo lo que quisiéramos todos es que de parte del Ejército se diera la mayor información posible. Casos como el que relato de la familia Montaña Sanabria, en la que nueve personas de esa familia estuvieron comprometidas en estos hechos de parte de la guerrilla. Son familias que aún están esperando conocer a fondo la verdad de lo que ocurrió.

VA: ¿Cuál ha sido la tarea de la UBPD en este caso?

DV: La Unidad de Búsqueda ha hecho su tarea en distintas partes del territorio, pero no ha tenido resultados exitosos, de manera que no hay ninguna evidencia aún.

Ejercicio de memoria

En la gráfica el escritor Darío Villamizar. Vivió las mejores épocas de lucha del M-19, según lo relata.

VA: En medio de los hechos de hace cuatro décadas y ahora en la búsqueda de los restos están las comunidades afros e indígenas del Chocó. ¿En el desarrollo de su investigación, tuvo la oportunidad de hablar con algunos de sus voceros o voceras?

DV: Sí. Para este trabajo hice cuatro viajes a Chocó, el primero de ellos fue a la Ensenada de Utría, donde desembarcaron, ahí tuve la oportunidad de hablar con pobladores de la región, que en aquellos años eran jóvenes, y con dos de los tres de los conductores de los botes en los que se transportaron los combatientes (el terceo ya había muerto), y con sus familias.

Después ya las regiones más hacia la cordillera Occidental, en la zona habitada por afrodescendientes e indígenas Emberá, hablé con pobladores. En el libro está el acta de defunción de doce guerrilleros que, presumiblemente, fueron enterrados en una población que se llama Piedra Honda, por los lados del Alto Andágueda, habitado por unas 300 personas, donde hay mucha pobreza.

Ahí tuve la oportunidad de hablar con hombres y mujeres que, en esa época también estaban muy jóvenes, y pudieron ver situaciones como, por ejemplo, el desembarco de los cuerpos que llevaron a esa población en helicóptero. Las personas recuerdan estos hechos con tristeza.

VA: No fue fácil para esas comunidades la situación. Les llegaba la guerra.

DV: Es una población afro e indígena afectada: unos armados que llegaron a su territorio sin nadie haberlos llamado; detrás de ellos llegaron otros armados que también venían con intención de capturarlos o de darlos de baja.

VA: ¿Habló con las familias sobre el tema? ¿Cómo han reaccionado a su historia?

DV: Algunas familias lo han leído, particularmente hay una familia en la que tres de sus integrantes lo leyeron muy emocionados y se han conmovido profundamente. Hay familias que durante 40 años no supieron nada de esta historia, entre ellas la mamá de ‘La Chiqui’, a quien personalmente le entregué una copia de su diario. Ella me dijo que es lo primero que recibe de su hija en 40 años. Ese es el nivel de los sentimientos que están puestos en el libro.

VA: Por último, poco se habla de combatientes guerrilleros desaparecidos en combate a manos del Ejército. Casos como el de Chocó debe haber en otros lados. ¿Por qué es necesario saber de eso en el país?

DV: Generalmente se habla de guerrilleros muertos en combate, pero poco se dice de guerrilleros que fueron desaparecidos, pero es un hecho. En este caso mis preguntas a mí mismo, y mis preguntas en el libro, y mis preguntas a los otros actores armados son: ¿dónde están sus cuerpos?, ¿dónde fueron enterrados?


Sugov05/04/2022
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Como en los mejores pasajes de “El coronel no tiene quien le escriba”, novela de Gabriel García Márquez que vio la luz en 1961, hace dos años enviamos dos oficios a la gobernadora, Clara Luz Roldán, pidiéndole una reunión con el fin de expresarle múltiples aspectos que golpean a los empleados de la Gobernación.

No recibimos respuesta. Consultábamos el correo electrónico, nada. Preguntábamos al guarda de la recepción en la Asamblea Departamental, donde está nuestra sede, y nada. Incluso, llegó un momento en el que tan solo con mirarlo, sabía qué le íbamos a preguntar. Con gesto desolador meneaba la cabeza. La respuesta nunca llegó. Y nos cansamos de esperar…

Sin embargo, sorpresivamente recibimos una invitación a un almuerzo, convocatoria de la que desistimos; una nueva fecha para que tomáramos un tintico en el Despacho, del cual también declinamos.

¿Y por qué motivo no se le tomaron un cafecito a Clara Luz? Para evitar los comentarios de las lenguas viperinas, porque no faltará quien diga que junto con el tintico sirvieron pandebonos y galletas de soda. Y, pensarán que, además, pondrían sobre la mesa mantequilla mermelada. Y como tenemos algunos dirigentes sugovianos algo catanos, la mantequilla les sube el colesterol, y la mermelada les dispara el azúcar.

Por ese motivo, para evitar murmuraciones, decidimos guardar a las partes, y frenar a los lenguaraces que no han de faltar en Macondo.

Reunirnos ahora, a las puertas de una negociación del pliego petitorio de los empleados, es tan inoportuno como el violinista que en un restaurante interpreta “El milagro de tu amor” junto a la mesa de una pareja que está discutiendo su divorcio.

No queremos suspicacias hacia la gobernadora, ni dar pie a comentarios que empañen nuestro desempeño transparente desde que nos fundamos como SUGOV.

No estamos cerrando las puertas al diálogo. Hay muchos temas de qué hablar con la mandataria vallecaucana. Ese tintico nos lo tomaremos después de la negociación del Pliego Petitorio de los empleados, y nos comprometemos a llevar los pandebonos.

Como solía repetir el filósofo de Vijes: “El palo no está pa´ cucharas”, y otro que era muy típico en él: “Mejor dejemos los santos quietos.”

¿Y LA NEGOCIACIÓN?

Hoy se instaló oficialmente la mesa de negociación del Pliego Petitorio. Arrancó en un ambiente enrarecido, con una agenda muy apretada, porque son muchos los puntos que debemos acordar y, además, el sinsabor porque hay sinnúmero de elementos acordados años atrás y que la administración no ha cumplido. Pareciera que se quedaron en el papel.

Uno de los aspectos que a todos nos interesan: el ajuste salarial. Insistimos: estamos pidiendo el 7.26% que es el Decreto Nacional, más cinco puntos. En este cuatrimestre, los ingresos han sido satisfactorios para un buen aumento. Es urgente y necesario en medio de una inflación como la que tiene golpeados los bolsillos de los servidores públicos. ¡Si nos apoyan, coronamos!

También en dos ítems del petitorio tocamos la situación de los contratistas, que al margen de en qué línea militen ellos, son clase trabajadora y compañeros nuestros. Así los miramos desde el SUGOV.

Y, para terminar, las preguntas fregonas:

… ¿Sabía que el SUGOV hizo llegar al DADI comprobación, con documentos, de que en otras entidades oficiales sí pagan las incapacidades completas a los funcionarios?

… ¿Sabía que hasta en el sector privado lo hacen así, pero acá en la Gobernación están dilatando el asunto, buscando cómo eludir ese punto que ya fue pactado en un Acuerdo Laboral?

.. ¿Sabía que hay plata para hacer un reajuste laboral del 12%, si la administración tuviera la “voluntad política” para hacerlo?

No olvide visitar hoy nuestro Portal www.Sugov.co


Sugov04/24/2022
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Los vándalos enviados por “no se sabe quién” a borrar los murales del SUGOV donde denunciamos que la Gobernadora, Clara Luz González, no le ha cumplido a los vallecaucanos, deberán invertir muchos tarros de pintura, porque seguiremos elaborando estos enormes grafitis.

Al escritor inglés, Edward Bulwer-Lytton, se atribuye la frase: “La pluma es más poderosa que la espada” y, en la película Origen estrenada en el 2010, hay otra frase inspiradora del actor, Leonardo DiCaprio, quien en una de sus intervenciones asegura: “No hay nada más subversivo que sembrar una idea en la mente de las personas“. En esencia, las palabras trascienden más allá de la fuerza y quedan grabadas para siempre en los recuerdos. De allí, es difícil que las borren.

¿Y por qué el SUGOV acude a la reivindicación de las palabras como instrumento divulgador? Para rechazar el ataque vandálico del que fue blanco nuestra organización, cuando desarrolló la primera fase de la Acción Sindical “Por la dignidad vallecaucana”.

 

Estos son los murales que mandó pintar el SUGOV en lugares de mucho tráfico en Cali.

Una de las estrategias consiste en la elaboración de murales en lugares transitados de Cali. En medio de las coloridas imágenes, haciendo acopio del derecho constitucional que nos asiste de ejercer “control social a lo público”, denunciamos que la administración de la gobernadora, Clara Luz Roldán González, no le ha cumplido a los vallecaucanos.

Es cierto, inauguró obras. Sin embargo, son ejecutorias que dejó financiadas la entonces gobernadora, Dilian Francisca Toro. En pocas palabras, la actual mandataria está ganando “indulgencias con camándula ajena”.

Hay sectores abandonados de la presencia gubernamental. Un ejemplo: Buenaventura. Corregimientos tales como La Bocana, Juanchaco, Ladrilleros y sectores como La Barra y Punta Soldado, están sometidos a “cien años de soldad”, sin obras ni apoyo estatal de ninguna índole.

Igualmente denunciamos la situación del Club de Empleados del Departamento, cada vez más crítica y que afecta a los trabajadores, así como la avanzada de privatización del Ecoparque de Pance, entre otras.

Se pintaron cuatro murales de seis metros de ancho por 2.70 cm de alto.  Sin embargo, dos de los cuatro murales, fueron vandalizados. ¿Y quién los mandó borrar? Alguien a quien no le interesaban las denuncias. Como cantaba Jorge Sepúlveda: “Adivina, adivinadora… dime quién es…” o más sencillo aún: la frase que suele repetir el filósofo de Vijes: “Al que le caiga el guante, que se lo chante”.

¿QUIÉNES SON LOS VÁNDALOS?

La comunidad ante la acción aleve de los vándalos, les tomó fotografías e hizo llegar las placas del vehículo en el que se movilizaban. ¿Qué hacemos?, nos dijeron. Y nosotros, como sí respetamos el derecho a disentir, les dijimos: “Déjenlos que los borren. Al fin y al cabo, no son las únicas acciones y, para detenernos, tendrán que comprar muchas latas de pintura”.

Los dejamos con imágenes del momento en que eran vandalizados los murales sugovianos, imágenes que–insistimos–nos envió la propia comunidad

 

 


ppotes04/23/2022
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58min680

Ensayo de la escritora bielorusa y premio Nobel, Svetlana Alexiévich , publicado originalmente en la Revista Granta en español

Publicado originalmente en la revista literaria Granta


En 1986 decidí no volver a escribir sobre la guerra. Después de acabar mi libro La guerra no tiene rostro de mujer, durante mucho tiempo no pude soportar ver a un niño a quien le sangrase la nariz. Supongo que cada uno de nosotros tiene una determinada capacidad de protección contra el dolor; la mía se había agotado.

            Dos acontecimientos me hicieron cambiar de opinión.

            Iba conduciendo hacia un pueblo y recogí a una niña por el camino. Había ido a comprar a Minsk y llevaba una bolsa de la que sobresalían cabezas de pollos. En el pueblo nos recibió su madre, llorando junto a la verja del jardín. La niña corrió hacia ella.

            La madre había recibido una carta de su hijo Andréi. La carta tenía remite de Afganistán.

            —Lo traerán como trajeron a Iván el de Fiodorina —dijo—, y cavarán una tumba para meterlo dentro. Mira lo que escribe: «Mamá, ¿no es estupendo? ¡Soy paracaidista…!».

            Y después hubo otro episodio. En la zona de espera medio vacía de la estación de autobuses de la ciudad había un oficial del Ejército sentado con una maleta. A su lado, un muchacho delgado con corte de pelo militar escarbaba con un tenedor en el tiesto de una planta de plástico. Dos mujeres de campo se sentaron al lado de los hombres y les preguntaron quiénes eran. El oficial les contestó que estaba escoltando a casa a un soldado raso que se había vuelto loco.

            —Lleva escarbando desde que salimos de Kabul con cualquier cosa que cae en sus manos: una pala, un tenedor, un palo, una pluma.

            El muchacho alzó la mirada. Tenía las pupilas tan dilatadas que parecían cubrirle los ojos enteros.

            Y en esa época la gente seguía hablando y escribiendo sobre nuestro deber internacionalista, los intereses del Estado, nuestras fronteras al sur. La censura se encargaba de que los informes de la guerra no mencionasen a nuestras víctimas mortales. Sólo se oían rumores de notificaciones de fallecimientos que llegaban a cabañas en zonas rurales y de ataúdes de zinc reglamentarios que entregaban en viviendas prefabricadas. No tenía intención de volver a escribir sobre la guerra, pero me vi inmersa en una.

            Durante los tres años siguientes hablé con muchas personas en mi país y en Afganistán. Cada confesión era como un retrato. No son documentos, son imágenes. Intentaba presentar una historia de los sentimientos, no la historia de la guerra misma. ¿Qué pensaban las personas? ¿Qué las hacía felices? ¿Cuáles eran sus miedos? ¿Qué permanecía en su memoria?

            La guerra de Afganistán duró el doble que la segunda guerra mundial, pero sólo sabemos de ella lo poco que resulta seguro que sepamos de ella. Ya no es ningún secreto que cada año, durante diez años, 100.000 soldados de las tropas soviéticas fueron a luchar en Afganistán. Oficialmente, 50.000 hombres resultaron muertos o heridos. Se puede creer esa cifra si se quiere. Todo el mundo sabe cómo hacemos las sumas. Aún no hemos acabado de contar ni de enterrar a todos los que murieron en la segunda guerra mundial.

            En el relato que sigue no he mencionado los nombres reales de las personas. Algunas pidieron que sus testimonios fueran confidenciales; respecto de otras, no considero que pueda exponerlas a una caza de brujas. Vivimos todavía tan cerca de la guerra que no hay escondite alguno para nadie.

            Una noche dormía cuando sonó el teléfono.

            —Escucha —empezó a decir una voz de hombre sin identificarse—, he leído tu basura. Si publicas siquiera una palabra más…

            —¿Quién es usted?

            —Uno de los tipos sobre los que escribes. ¡Dios, cómo detesto a los pacifistas! ¿Alguna vez has subido una montaña con todo el equipo de marcha a cuestas? ¿Has estado dentro de un transporte blindado de tropas a setenta grados? Y una mierda has estado. ¡Vete a tomar por culo! ¡Es nuestra! No tiene nada que ver contigo, ¡joder!

            Le pregunté otra vez quién era.

            —¡Venga ya! ¿No? Mi mejor amigo, era como mi hermano, y lo traje metido en una bolsa de celofán después de un ataque. Lo habían despellejado, le habían cortado la cabeza, los brazos, las piernas, la polla, todo amputado… Él podía haber escrito sobre eso, pero tú no. La verdad estaba dentro de ese saco de celofán. ¡Que os jodan a todos! —colgó; el sonido en el auricular fue como una explosión.

            Podría haber sido mi testigo más importante.

Una esposa

            —No te preocupes si no recibes cartas —escribió—. Sigue escribiendo a la dirección anterior.


El ataúd era demasiado pequeño y olía mal. No me podía inclinar para besarlo. Así es cómo me devolvieron a mi marido. Me arrodillé delante de lo que una vez fue lo que más quise en el mundo.

            Después nada durante dos meses. Nunca me imaginé que estuviese en Afganistán. Estaba preparando las maletas para ir a verlo en su nuevo destino.

            No escribía nada sobre una guerra. Decía que se estaba poniendo moreno y que iba de pesca. Envió una foto de él sentado sobre un burro, con las rodillas en la arena. No me enteré de que estaba en una guerra hasta que vino a casa de permiso. Nunca solía mimar demasiado a nuestra hija, nunca mostraba ningún sentimiento paternal, quizá porque fuese pequeña. Ahora, cuando volvía, se pasaba las horas sentado mirándola, con unos ojos tan tristes que daban miedo. Por las mañanas se levantaba y la acompañaba a la guardería, le gustaba llevarla a hombros. Por la tarde la recogía. De vez en cuando íbamos al teatro o al cine, pero lo único que de verdad quería era quedarse en casa.

            Todo el cariño le parecía poco. Le molestaba hasta el tiempo que pasaba arreglándome para ir al trabajo o preparándole la cena en la cocina.

            —Siéntate aquí conmigo. Olvídate hoy de las chuletas. Pídete unos días libres mientras esté en casa.

            Cuando llegó la hora de que cogiese el avión, lo perdió adrede para que tuviésemos dos días más. La última noche fue tan bueno que me puse a llorar. Se me caían las lágrimas, y él no decía nada, sólo me miraba y me miraba. Luego dijo:

            —Tamara, si alguna vez estás con otro hombre, no olvides esto.

            —¡No digas tonterías! —le respondí—. Jamás te matarán. Te quiero demasiado para que puedan hacerlo.

            —Déjalo —me dijo riendo—. Ya no soy ningún niño.

            Hablamos de tener más hijos, pero dijo que no quería más por ahora.

            —Cuando vuelva, puedes tener otro. ¿Cómo te las ibas a arreglar tú sola?

            Cuando no estaba me acabé acostumbrando a la espera, pero si veía un coche fúnebre por la calle, me sentía enferma, y quería gritar y llorar. Iba corriendo a casa y me ponía a rezar de rodillas, delante de donde estaba colgado el ícono.

Svletana escribe bastante sobre la guerra, pero, también, sobre la tragedia de Chernóbil donde explotó un reactor nuclear.

            —¡Sálvamelo, Dios! No dejes que muera.

Fui al cine el día que sucedió. Me senté allí, mirando a la pantalla sin ver nada. Tenía los nervios de punta. Era como si estuviese haciendo esperar a alguien o hubiera un lugar al que tuviese que ir. Apenas aguanté hasta el final de la película. Si lo pienso, creo que debió de ser durante la batalla.

            Pasó una semana antes de que me llegase ninguna noticia. Durante toda esa semana, si empezaba a leer un libro lo tenía que dejar. Incluso recibí dos cartas suyas. Normalmente me habría puesto contentísima, las habría besado, pero esta vez sólo me hicieron preguntarme cuánto tiempo más iba a tener que esperarlo.

            El noveno día después de que lo mataran, me llegó un telegrama a las cinco de la mañana. Lo metieron por debajo de la puerta. Era de sus padres: «Ven. Petia muerto.». Grité tanto que desperté al bebé. No tenía ni idea de qué debía haber ni adónde ir. No tenía dinero. Envolví a nuestra hija en una manta roja y salí a la calle. Era demasiado temprano para que pasaran autobuses, pero un taxi se paró.

            —Necesito ir al aeropuerto —le dije al taxista.

            Me respondió que estaba acabando su turno y cerró la puerta.

            —Han matado a mi marido en Afganistán.

            Salió del coche sin decir una palabra, y me ayudó a entrar. Me llevó a la casa de una amiga, que me dejó dinero. En el aeropuerto dijeron que no quedaban billetes para Moscú, y a mí me daba miedo sacar el telegrama del bolso para enseñárselo. Tal vez todo fuese un error. No dejaba de decirme a mí misma que si seguía pensando que estaba vivo, lo estaría. Estaba llorando y todo el mundo me miraba. Me pusieron en un avión de carga que llevaba un cargamento de maíz a Moscú; desde allí cogí una conexión a Minsk. Aún me quedaban 150 kilómetros hasta Staryia Darogui, donde vivían los padres de Petia. Ninguno de los taxistas quería conducir hasta allí, por mucho que rogase y suplicase. Por fin llegué a Staryia Darogui a las dos de la mañana.

            —¿Tal vez no sea verdad?

            —Es verdad, Tamara, es verdad.

            Por la mañana fuimos al comisariado militar. Fueron muy formales. «Se le notificará cuando llegue.» Esperamos dos días antes de llamar al comisariado militar provincial de Minsk. Nos dijeron que sería mejor que fuésemos nosotros a recoger el cuerpo de mi marido. Cuando llegamos a Minsk, el funcionario nos dijo que lo habían enviado por error a Baránavichi. Baránavichi distaba otros cien kilómetros y cuando llegamos al aeropuerto ya era después del horario laboral; no había nadie más que un vigilante nocturno en su garita.

            —Hemos venido a recoger…

            —Por ahí. —Señaló hacia un rincón a lo lejos—. Miren si esa caja es suya. Si lo es, pueden llevársela.


No tenía ni idea de cómo matar. Antes del ejército era ciclista de carreras. Jamás había visto ni siquiera una pelea de navajas de verdad, y aquí estaba yo, en la parte trasera de un transporte blindado de tropas. Nunca antes me había sentido así: poderoso, fuerte y seguro.

            Fuera había una caja sucísima con letras garabateadas en tiza en las que se leía: «Teniente primero Dóvnar». Arranqué una tabla del lugar del ataúd donde debería haber una abertura. Tenía la cara entera, pero yacía ahí, sin afeitar, y nadie lo había lavado. El ataúd era demasiado pequeño y olía mal. No me podía inclinar para besarlo. Así es cómo me devolvieron a mi marido. Me arrodillé delante de lo que una vez fue lo que más quise en el mundo.

El suyo fue el primer ataúd que regresó a mi pueblo natal, Yazyl. Todavía recuerdo el terror en los ojos de la gente. Cuando lo enterramos, antes de que pudiesen subir las bandas con las que lo habían bajado, se oyó un trueno espantoso. Recuerdo el granizo crujiendo bajo los pies como gravilla blanca.

            No hablé mucho con su padre y su madre. Pensaba que su madre me odiaba porque yo estaba viva y él muerto. Pensaba que me volvería a casar. Ahora me dice:

            —Tamara, te tendrías que haber casado otra vez.

            Pero entonces tenía miedo de mirarla a los ojos. Al padre de Petia casi se le fue la cabeza.

            —¡Hijos de puta! ¡Meter a un muchacho así en su tumba! ¡Lo han asesinado!

            Mi suegra y yo intentamos decirle que le habían dado una medalla a Petia, que necesitábamos Afganistán para proteger nuestras fronteras al sur, pero no quiso oírnos. —¡Hijos de puta! ¡Lo han asesinado!

            La peor parte vino después, cuando tuve que hacerme a la idea de que ya no tenía nada ni nadie a quien esperar. Me despertaba aterrorizada, empapada en sudor, pensando que Petia volvería y no sabría dónde vivían ahora su mujer y su hija. Todo lo que me quedaba eran recuerdos de buenos momentos.

            El día que nos conocimos, bailamos juntos. El segundo día fuimos a dar un paseo en el parque, y al siguiente me pidió matrimonio. Yo ya estaba comprometida y le dije que la solicitud estaba en la oficina del registro. Se fue y me escribió en letras enormes que ocupaban toda la página: «¡Aaaaaargh!».

            Nos casamos en invierno, en mi pueblo. Fue divertido y precipitado. El día de la Epifanía, cuando la gente adivina su futuro, tuve un sueño que le conté a mi madre por la mañana.

            —Mamá, veía a un muchacho guapísimo. Estaba de pie sobre un puente, y me llamaba. Llevaba el uniforme de soldado, pero cuando me acercaba a él comenzaba a alejarse hasta que desaparecía por completo.

            —No te cases con un soldado. Te quedarás sola —me dijo mi madre.

            Petia tenía un permiso de dos días.

            —Vamos a la oficina del registro —me propuso antes de cruzar la puerta siquiera.

            Nos echaron una ojeada en el sóviet del pueblo y nos dijeron:

            —¿Por qué esperar dos meses? Id y traed el brandy. Nosotros haremos el papeleo.

            Una hora más tarde éramos marido y mujer. Fuera azotaba una ventisca.

            —Novio, ¿dónde está el taxi para su flamante esposa?

            —¡Un segundo! —Salió y paró para mí un tractor bielorruso.

            Durante años soñé que subíamos a ese tractor, conduciendo por la nieve.

            La última vez que Petia vino a casa se encontró el piso cerrado con llave. No había enviado un telegrama para avisarme de que venía, y yo había ido a casa de una amiga a celebrar su cumpleaños. Cuando llegó a la puerta y oyó la música y vio a todo el mundo feliz y riendo, se sentó en un taburete y lloró. Vino a buscarme al trabajo todos los días durante su permiso.

            —Cuando vengo a verte al trabajo me tiemblan las rodillas como si tuviésemos una cita —me decía.

            Recuerdo que un día fuimos a nadar juntos. Nos sentamos en la orilla e hicimos un fuego. Me miró y me dijo:

            —No te puedes ni imaginar hasta qué punto no quiero morir por el país de otros.

Yo tenía veinticuatro años cuando murió. En esos primeros meses me habría casado con cualquier hombre que me quisiera. No sabía qué hacer. La vida seguía a mi alrededor igual que antes. Uno se construía una dacha, otro se compraba un coche; alguien tenía un piso nuevo y necesitaba una alfombra o una hornilla para la cocina. En la última guerra todo el mundo estaba desconsolado, el país entero. Todo el mundo había perdido a alguien, y sabían por qué lo habían perdido. Todas las mujeres lloraban juntas. Hay cien personas en la escuela de hostelería donde trabajo y yo soy la única que ha perdido a su marido en una guerra de la que los demás sólo saben por los periódicos. Cuando los oí por primera vez decir en televisión que la guerra de Afganistán había sido una vergüenza nacional, me entraron ganas de romper la pantalla. Ese día perdí a mi marido por segunda vez.

Un soldado raso

El único adiestramiento que recibimos antes de prestar juramento fue llevarnos dos veces al campo de tiro. La primera vez que fuimos nos repartieron nueve cartuchos a cada uno; la segunda vez, todos lanzamos una granada.

            Nos pusieron en fila en la plaza y leyeron la orden en voz alta.

            —Iréis a la República Democrática de Afganistán a cumplir con vuestro deber internacionalista. Si hay alguien que no quiera ir, que dé dos pasos al frente.

            Tres muchachos los dieron. El comandante de la unidad los devolvió a la fila empujándolos con la rodilla en el trasero.

            —Era sólo para comprobar la moral.

            Nos dieron víveres para dos días y un cinturón de cuero, y nos marchamos. Nadie dijo una palabra. El vuelo pareció durar una eternidad. Vi las montañas a través de la ventanilla del avión. ¡Precioso! Eran las primeras montañas que veíamos, éramos todos de cerca de Pskov, donde sólo hay bosques y claros. Nos bajamos en Shindand. Recuerdo la fecha: 19 de diciembre de 1980.

            Me echaron un vistazo.

            —Metro ochenta: compañía de reconocimiento. Les vienen bien muchachos de tu tamaño.

            Fuimos a Herat a construir un campo de tiro. Cavamos y cargamos piedras para los cimientos. Puse las tejas de un tejado e hice algo de carpintería. Algunos de nosotros no habíamos disparado ni una sola vez antes de la primera batalla. Teníamos hambre todo el tiempo. Había dos cubas de cincuenta litros en la cocina: una para sopa, la otra para puré de patata o gachas de cebada. Teníamos una lata de caballa para cuatro, y la etiqueta decía: «Fecha de fabricación: 1956. Consumir antes de 18 meses». En año y medio, la única vez que no tuve hambre fue cuando estuve herido. El resto del tiempo lo pasabas pensando en la manera de conseguir algo de comer. Teníamos tantísimas ganas de fruta que nos colábamos en los huertos de los afganos a sabiendas de que nos dispararían. Les pedíamos a nuestros padres que nos enviasen ácido cítrico en las cartas para que pudiésemos disolverlo en agua y bebérnoslo. Era tan agrio que nos quemaba el estómago.


El 29 de agosto decidí que se había acabado el verano. Le compré a Sasha un traje nuevo y un par de zapatos, que todavía hoy siguen en el armario. Al día siguiente, antes de irme al trabajo, me quité los pendientes y el anillo. Por alguna razón no soportaba llevarlos. Ese fue el día en que lo mataron.

Antes de nuestra primera batalla tocaron el himno nacional soviético. El comandante político adjunto nos dio una charla. Recuerdo que dijo que nos habíamos anticipado a los americanos sólo por una hora, y todo el mundo nos esperaba en casa para recibirnos como héroes.

            No tenía ni idea de cómo matar. Antes del ejército era ciclista de carreras. Jamás había visto ni siquiera una pelea de navajas de verdad, y aquí estaba yo, en la parte trasera de un transporte blindado de tropas. Nunca antes me había sentido así: poderoso, fuerte y seguro. Las colinas de repente parecían bajas, las acequias pequeñas, los árboles pocos y alejados entre sí. Después de media hora estaba tan relajado que me sentía como un turista que observaba un país extranjero.

            Pasamos por encima de una zanja sobre un puentecito de barro: recuerdo mi asombro de que pudiese aguantar el peso de varias toneladas de metal. De repente hubo una explosión, el transporte de delante había recibido un impacto directo de un lanzagranadas. Ya estaban llevándose a hombres que conocía como animales de peluche, con los brazos colgando. No lograba entender este espantoso nuevo mundo. Proyectamos todos nuestros morteros hacia el lugar desde donde habían llegado los disparos, varios morteros hacia cada hacienda. Después de la batalla, raspamos con cucharas los restos de nuestros propios hombres de la placa de blindaje. No había discos de identificación para las víctimas mortales; supongo que pensarían que podían caer en las manos equivocadas. Era como en la canción: «Nuestra dirección no es una casa o una calle. Nuestra dirección es la Unión Soviética». Así que simplemente extendimos una lona sobre los cuerpos, una «fosa común». La guerra ni siquiera se había declarado; estábamos luchando en una guerra que no existía.

Una madre

Me senté junto al ataúd de Sasha y dije:

            —¿Quién es? ¿Eres tú, hijo? —seguí repitiendo una y otra vez—: ¿Eres tú?

            Decidieron que se me había ido la cabeza. Más tarde quise saber cómo había muerto mi hijo. Fui al comisariado militar y el comisario empezó a gritarme, me dijo que la muerte de mi hijo era un secreto de Estado, que no debería ir por ahí contándoselo a todo el mundo.

            Mi hijo estaba en la división paracaidista de Vítebsk. Cuando fui a verlo prestar juramento, no lo reconocí; parecía tan alto.

            —Eh, ¿cómo es que tengo una madre tan pequeña?

            —Es que te echo de menos y he dejado de crecer.

            Se inclinó y me dio un beso, y alguien hizo una foto. Es la única foto que tengo con él de soldado.

            Después del juramento tenía unas cuantas horas de tiempo libre. Fuimos al parque y nos sentamos en la hierba. Se quitó las botas porque tenía los pies llenos de ampollas y le sangraban. El día anterior, su unidad había participado en una marcha forzada de cincuenta kilómetros; no había botas del 46, así que le dieron unas del 44.

            —Teníamos que correr con mochilas llenas de arena. ¿Qué te parece? ¿En qué puesto llegué?

            —Con esas botas, probablemente el último.

—Te equivocas, mamá. Llegué el primero. Me quité las botas y corrí. Y no derramé arena como otros.

            Esa noche dejaron a los padres dormir dentro de la unidad, sobre esterillas extendidas en el polideportivo, pero no nos acostamos hasta bien entrada la noche; en vez de eso, deambulamos por los barracones donde dormían nuestros hijos. Tenía la esperanza de poder verlo cuando fuesen a hacer los ejercicios matutinos, pero todos iban corriendo con camisetas de tirantes a rayas idénticas y se me escapó, no alcancé a verlo fugazmente una última vez. Todos iban al baño en fila, en fila hacían ejercicio, en fila iban al comedor. No les dejaban hacer nada solos porque, cuando los muchachos se enteraron de que los destinaban a Afganistán, uno se ahorcó en el baño y otros dos se cortaron las venas. Estaban bajo vigilancia.

            Su segunda carta comenzaba: «Saludos desde Kabul…». Grité tan fuerte que los vecinos vinieron corriendo. Era la primera vez desde que nació Sasha que lamentaba no haberme casado y no tener a nadie que me cuidara.

            Sasha solía burlarse de mí.

            —¿Por qué no te casas, mamá?

            —Porque te pondrías celoso.

            Se reía y no decía nada. Íbamos a vivir juntos durante mucho, mucho tiempo.

            Recibí unas cuantas cartas más y después hubo silencio, un silencio tan largo que decidí escribir al comandante de su unidad. Sasha me respondió de inmediato: «Mamá, por favor no vuelvas a escribir al comandante. No he podido escribirte. Me picó una avispa en la mano. No quise pedirle a nadie que escribiese, porque te hubieses preocupado al ver una letra distinta». Enseguida supe que estaba herido y, entonces, si pasaba tan siquiera un día sin una carta suya me fallaban las piernas. Una de sus cartas fue muy alegre.

            «¡Hurra, hurra! Hemos escoltado una columna que volvía a la Unión. Los acompañamos hasta la frontera. No nos permitieron avanzar más, pero al menos pudimos divisar nuestra patria a lo lejos. Es el mejor país del mundo.»

            En su última carta escribió: «Si aguanto el verano, volveré».

            El 29 de agosto decidí que se había acabado el verano. Le compré a Sasha un traje nuevo y un par de zapatos, que todavía hoy siguen en el armario. Al día siguiente, antes de irme al trabajo, me quité los pendientes y el anillo. Por alguna razón no soportaba llevarlos. Ese fue el día en que lo mataron.

Cuando trajeron el ataúd de zinc a la habitación, me eché encima de él y lo medí una y otra vez. Un metro, dos metros. Él medía dos metros de alto. Lo medí con mis manos para asegurarme de que el ataúd era del tamaño adecuado para él. Estaba precintado, así que no pude besarlo por última vez, o tocarlo, ni siquiera sabía lo que llevaba puesto, hablaba simplemente con el ataúd, como una loca.

            Dije que quería escoger yo misma su lugar en el cementerio. Me pusieron dos inyecciones, y fui hasta allí con mi hermano. Había tumbas «afganas» en la avenida principal.

            —Pongan a mi hijo aquí también. Estará más contento entre sus amigos.

            No recuerdo quién estaba allí con nosotros. Algún funcionario. Negó con la cabeza.

            —No nos permiten enterrarlos juntos. Tienen que estar repartidos por el cementerio.

            Dicen que se dio un caso en el que trajeron un ataúd a una madre, lo enterró y un año después su hijo regresó con vida. Sólo estaba herido. Nunca vi el cuerpo de mi hijo, ni le di un beso de despedida. Sigo esperando.

Una enfermera

Todos los días que pasaba allí me decía a mí misma que era tonta por venir. Sobre todo por la noche, cuando no había ningún trabajo que hacer. Todo lo que pensaba durante el día era: «¿Cómo puedo ayudarlos?». No podía creer que alguien fabricase las balas que estaban usando. ¿De quién había sido la idea? La punta de entrada era pequeña, pero dentro desgarraban y hacían pedazos sus intestinos, su hígado, su bazo. Como si no bastase con matarlos o herirlos, tenían que hacerles pasar también por ese martirio. Siempre llamaban a gritos a sus madres cuando sentían dolor o tenían miedo. Nunca los oí llamar a otra persona.

            Nos dijeron que era una guerra justa. Estábamos ayudando al pueblo afgano a acabar con el feudalismo y a construir una sociedad socialista. De alguna forma no encontraron el momento de decirnos que estaban matando a nuestros hombres. Durante todo el primer mes que estuve allí tiraban sin más los brazos y piernas amputados de nuestros soldados y oficiales, y hasta sus cuerpos, justo al lado de las tiendas del campamento. Era algo que me hubiese costado creer si lo hubiese visto en películas sobre la guerra civil. Entonces no había ataúdes de zinc: aún no habían tenido tiempo de fabricarlos.

            Dos veces por semana teníamos adoctrinamiento político. No paraban de hablar de nuestra misión sagrada, y de cómo la frontera debía ser inviolable. Nuestra superior nos ordenaba que informásemos de todos los soldados heridos, de todos los pacientes. Lo llamaban seguimiento del estado de la moral: ¡el ejército tenía que gozar de buena salud! No debíamos sentir compasión. Pero sí que sentíamos compasión: era lo único que hacía que todo tuviese sentido.


Un responsable de prensa de un regimiento

Comenzaré por el instante en que todo se vino abajo.

            Avanzábamos por Jalalabad y vimos a una niña de unos siete años de pie al borde del camino. Tenía un brazo casi arrancado que pendía sólo de un hilo, como si fuese una muñeca de trapo destrozada. Tenía los ojos oscuros, como aceitunas, y me miraban fijamente. Salté del vehículo para cogerla en brazos y llevársela a nuestras enfermeras, pero ella dio un brinco hacia atrás, aterrorizada y gritando como un animalito.

Todavía dando gritos huyó corriendo, con el bracito colgando, parecía que se le iba a despegar del todo. Corrí gritando detrás de ella, la alcancé y la apreté contra mí mientras la acariciaba. Ella mordía y arañaba, toda temblorosa, como si la hubiese atrapado algún animal salvaje. No fue hasta ese momento que la idea se me pasó por la cabeza: no creía que quisiera ayudarla, pensaba que quería matarla. La forma en que huyó corriendo, la forma en que temblaba y el miedo que me tenía son cosas que nunca olvidaré.


Nos dijeron que era una guerra justa. Estábamos ayudando al pueblo afgano a acabar con el feudalismo y a construir una sociedad socialista. De alguna forma no encontraron el momento de decirnos que estaban matando a nuestros hombres.

            Había partido rumbo a Afganistán con los ojos centelleantes de idealismo. Me habían contado que los afganos me necesitaban, y yo me lo había creído. El tiempo que pasé allí jamás soñé con la guerra, pero ahora todas las noches vuelvo a correr detrás de esa niña de ojos aceitunados, con el bracito colgando como si se le fuese a despegar de un momento a otro.

Allá fuera tenías sentimientos muy distintos por tu país. «La Unión» la llamábamos. Parecía que teníamos algo grande y poderoso a nuestras espaldas, algo que siempre nos defendería. Recuerdo, sin embargo, que una tarde después de una batalla —en la que hubo bajas, hombres muertos y hombres gravemente heridos— enchufamos el televisor para olvidarnos de eso, para ver qué ocurría en la Unión. Habían construido una nueva fábrica colosal en Siberia; la reina de Inglaterra había ofrecido un banquete en homenaje a una personalidad; unos jóvenes de Vorónezh habían violado a dos escolares porque les había dado por ahí; habían matado a un príncipe en África. El país seguía a lo suyo y nos sentimos totalmente inútiles. Alguien tuvo que apagar el televisor antes de que lo destrozáramos a tiros.

            Era una guerra de madres. Ellas estaban en todo el meollo. La gente en general no sufría, no se enteraba de lo que pasaba. Les contaban que estábamos luchando contra bandidos. ¿Un ejército regular de 100.000 soldados, en nueve años, no era capaz de vencer a unos bandidos harapientos?

Un ejército con la tecnología más avanzada. (Que Dios amparase a quienquiera que estuviera en medio de un bombardeo de artillería con nuestros lanzamisiles Granizo o Huracán: los postes telegráficos salían volando como fósforos.) Los «bandidos» sólo tenían las ametralladoras Maxim que habíamos visto en las películas; los Stinger y las ametralladoras japonesas llegaron más tarde. Hacíamos prisioneros a hombres escuálidos con manos grandes, de campesino. No eran bandidos. Eran la gente de Afganistán.

            La guerra tenía sus propias reglas horrendas: si te dejabas fotografiar o te afeitabas antes de un combate, estabas muerto. Siempre mataban primero a los héroes de ojos azules: conocías a uno de esos tipos y antes de que te dieses cuenta, estaba muerto. La mayoría de la gente murió durante los primeros meses, cuando tenían demasiada curiosidad, o hacia el final, cuando ya habían perdido el sentido de la precaución y se habían quedado imbéciles. Por la noche se te olvidaba dónde estabas, quién eras, lo que hacías allí. Nadie lograba dormir durante las últimas seis u ocho semanas antes de volver a casa.

            Aquí en la Unión somos como hermanos. Un tipo joven que vaya por la calle con muletas y una medalla reluciente sólo puede ser uno de los nuestros. Puede que sólo os sentéis en un banco y fuméis un cigarrillo juntos, pero os dará la impresión de que lleváis todo el día hablando el uno con el otro.

            Las autoridades quieren utilizarnos para tomar medidas contundentes contra el crimen organizado. Si hay que atajar y poner fin a algún problema, la policía recurre a «los afganos». Para ellos, somos tipos con puños grandes y cerebros pequeños a los que nadie aprecia. Pero está claro que si te duele la mano, no la pones en el fuego, la cuidas hasta que mejora.


Una madre

Me apresuro hasta el cementerio como si fuese a encontrarme con alguien. Siento que voy a visitar a mi hijo. Los primeros días pasaba allí toda la noche. No me daba miedo. Estoy esperando a que llegue la primavera, a que una florecilla brote de la tierra y aparezca ante mí. Planté campanillas de invierno para tener un mensaje de mi hijo lo antes posible. Llegan desde él hasta mí, desde allí abajo.

            Me quedo sentada junto a él hasta que oscurece y ya bien entrada la noche. A veces no me doy cuenta de que he empezado a gemir hasta que asusto a los pájaros, toda una tormenta de graznidos de cuervos, que vuelan en círculos y agitan las alas sobre mí; entonces recobro la lucidez y dejo de hacerlo. He ido todos los días durante cuatro años, si no es por la tarde, por la mañana. Falté los once días que pasé en el hospital, después me escapé en camisón para ir a verlo.

Me llamaba «Madre mía» y «Ángel madre mía».

            —Vaya, ángel madre mía, han aceptado a tu hijo en la Academia Militar de Smolensk. Espero que estés contenta.

            Se sentaba al piano y cantaba.

Oficiales caballeros,

¡príncipes verdaderos!

Si entre ellos no el primero,

sí que soy uno de ellos.

Mi padre fue un oficial del Ejército regular que murió en la defensa de Leningrado. Mi abuelo también fue oficial. Mi hijo estaba hecho para ser un militar: tenía el porte, tan alto y tan fuerte. Debería haber sido un húsar con guantes blancos, que jugase a las cartas.

            Todos querían ser como él. Hasta yo, su propia madre, lo imitaba. Me sentaba al piano como él, y a veces me ponía a caminar como él, sobre todo después de que lo mataran. De tanto que deseo que esté siempre presente en mí.

Cuando fue a Afganistán por primera vez, no escribía nunca. Esperé y esperé a que viniese a casa de permiso. Un día, en el trabajo, el teléfono sonó.

            —Ángel madre mía, vuelvo a casa.

            Fui a recibirlo al autobús. El pelo se le había puesto canoso. No reconoció que estaba de permiso, que había pedido que lo dejasen salir del hospital un par de días para ver a su madre. Tenía la hepatitis, la malaria, no había nada que no tuviera, pero advirtió a su hermana para que no me lo contase. Entré en su habitación de nuevo antes de irme a trabajar, para verlo dormir. Abrió los ojos. Le pregunté por qué no estaba dormido, era muy temprano. Dijo que había tenido un mal sueño.

            Lo acompañamos hasta Moscú. Era un mayo soleado, hacía un tiempo estupendo y los árboles estaban en flor. Le pregunté cómo eran las cosas allá.

            —Madre mía, Afganistán es un asunto donde no deberíamos estar metidos —me miró sólo a mí, a nadie más—. No quiero volver a ese agujero. De verdad que no —se alejó caminando, pero se dio la vuelta—. Es tan sencillo como eso, mamá —nunca me llamaba «mamá». A la mujer en el mostrador del aeropuerto se le caían las lágrimas al mirarnos.

            Cuando me desperté el 7 de julio no había estado llorando. Me quedé mirando al techo con los ojos vidriosos. Me había despertado él, como si hubiese venido a despedirse. Eran las ocho en punto. Tenía que prepararme para ir al trabajo. Fui vagando de un lado para otro con el vestido, del cuarto de baño a la sala de estar, de una habitación a otra. Por alguna razón no podía soportar ponerme ese vestido de color claro. Me sentía mareada y no veía bien. Todo estaba borroso. Me fui serenando hacia la hora de almorzar, hacia el mediodía.

            El día siete de julio. Llevaba siete cigarrillos en el bolsillo, siete fósforos. Había hecho siete fotos con su cámara. Me había escrito siete cartas a mí, y siete a su novia. El libro sobre su mesita de noche estaba abierto por la página siete. Era «Los contenedores de la muerte», de Kobo Abe.

            Tuvo tres o cuatro segundos en los que podía haberse salvado. El vehículo en que iban salió volando por un precipicio. No podía ser el primero en saltar. Nunca podía haberlo sido.

De parte del comandante segundo del regimiento para asuntos políticos, el comandante S. R. Sinelníkov. Es mi deber como soldado informarle de que el teniente primero Valeri Gennadiévich Volóvich ha muerto hoy a las 10:45 horas.

Toda la ciudad estaba ya al tanto. En la Casa de los Oficiales habían puesto un crespón negro y su fotografía. De un momento a otro estaba previsto que llegase el avión con su ataúd, pero nadie me había dicho ni una palabra. No tenían el valor de hacerlo. En el trabajo todos llevaban rastros de lágrimas en la cara.

            —¿Qué ha pasado? —les pregunté.

            Intentaron distraerme de diversas maneras. Vino una amiga, y después por fin un doctor con bata blanca. Le dije que estaba loco, que muchachos como mi hijo no podían morir. Empecé a dar golpes en la mesa. Corrí hasta la ventana y empecé a golpear el cristal. Me pusieron una inyección. Seguí gritando. Me pusieron otra inyección, pero tampoco me hizo efecto.

            —Quiero verlo, llevadme hasta mi hijo —vociferaba.

            Finalmente tuvieron que llevarme.

            Había un ataúd alargado. La madera no estaba lijada, y en grandes letras pintadas en amarillo se leía «Volóvich». Tenía que encontrarle un sitio en el cementerio, un lugar seco, un lugar seco y agradable. Si eso significaba un soborno de cincuenta rublos, no importaba. Aquí tiene, tome, pero asegúrese de que sea un buen lugar, seco y agradable. Dentro ya sabía lo desagradable que era, pero yo sólo quería que estuviese en un lugar seco y agradable. Las primeras noches no lo dejé solo. Me quedé allí. Me llevaban a casa, pero yo volvía.

            Cuando voy a verlo, hago una reverencia, y cuando me marcho, la vuelvo a hacer. Nunca paso frío, ni siquiera cuando la temperatura cae bajo cero; escribo mis cartas desde allí; si alguna vez estoy en casa es porque tengo visita. Cuando camino de vuelta a casa por la noche, las farolas están iluminadas, los faros de los coches encendidos. Me siento tan fuerte que no tengo miedo de nada.

            Sólo ahora me despierto de mi pena, como si me despertase de un sueño. Quiero saber de quién fue la culpa. ¿Por qué nadie dice nada? ¿Por qué no se nos dice quiénes lo hicieron? ¿Por qué no son juzgados?

            Saludo a todas las flores de su tumba, a cada pequeña raíz, a cada tallo.

            —¿Vienes de ahí? ¿Vienes de él? Vienes de mi hijo. ■

 


Sugov04/20/2022
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9min1650

A pesar de las múltiples acciones del SUGOV, la administración departamental del Valle del Cauca sigue dejando de lado la urgencia de reparar las cabañas de los servidores públicos. Las débiles estructuras de madera, se están cayendo a pedazos.

No exageramos. Es más, decidimos verificarlo. Y fuimos hasta el lugar. Comprobamos que las cabañas de Juanchaco, construidas para que en ocasiones especiales, los servidores públicos de la Gobernación del Valle del Cauca tuvieran espacios de esparcimiento con su familia, se están cayendo a pedazos.

Dicen que desean acabar con las cabañas para entregarle el terreno a la Armada Nacional—nos dijo Ramiro Mosquera. Lleva años en el lugar. Nos contó que ese ha sido un proyecto de tiempo atrás–: Argumentan que, fortaleciendo la presencia militar, protegen al Pacífico. Puro cuento, acá estamos en una pobreza la berraca y nadie hace nada, menos el gobierno departamental, nos tiene olvidados como a las cabañas

Al fondo, el rumor del mar. Las olas que mueren en la playa y, en un vaivén que no termina, se alejan con desgano en medio de la espuma, como letras fugaces escritas en la arena y se desdibujan como fotos viejas.

-En el SUGOV denunciamos eso, que las cabañas se están acabando y que, acá se rumora, el terreno quedará en manos de la Armada. Dijeron que especulábamos–, le dijimos al hombre, que con la certeza de quien no es chismoso, sino que repite algo cierto, nos respondió casi de inmediato.

¿Cuento? No, que va. Y si no, dígame, ¿Por qué están así? No huelen a madera y humedad, sino a tristeza y abandono

Coincidimos con Ramiro. No hay derecho. Llevan tiempo respondiéndole al SUGOV que invertirán en su mejoramiento, y nada.

Ramiro fue discípulo de Luis Enrique Urbano Tenorio, o mejor conocido como Peregoyo, autor de “Mi Buenaventura”. Aun cuando se compuso en 1961 y el tema alcanzó la gloria cuatro años después, él que estaba joven, lo acompañaba con las maracas.

Fue una época buena, ¿no cree?

Claro que buena. Se bailaba toda la noche, especialmente en los carnavales de agosto. Aunque desde julio empezaba el jolgorio--, nos relata. Y cuando le preguntamos por Yecid González, el dirigente sugoviano, reflexionó unos instantes:

Sí, creo que lo conocí. Le gustaba ir a rumbear los domingos en la tarde, en el Caney. Con una sola cerveza, se bailaba a todas las muchachas. Tira paso, lo vi, le gustaba la salsa, pero también el currulao, el tamborito, el abozao, el patacoré, la juga o el bunde, y el sonido inconfundible del cununo

Y retoma el asunto de Juanchaco. Vive hace doce años allí. Recuerda que hubo una época, cuando estaba de gobernador, Ángelino Garzón, en que tenían las cabañas en buen estado.

Usted viera como tenían de bonitas las cabañas; la madera la pintaron de colores. Les hacían mantenimiento…

–¿Y en la época de Ubeimar?

–¿Ubeimar, el blandón? Allí fue cuando comenzaron a caerse las cabañas. Un día Dilian dijo que en Juanchaco habría un polo de desarrollo económico, algunos lloramos de la emoción, una vecina compró una carreta dizque para venderle frutas a los turistas que llegarían como langostas en cosecha tierna, y nada. Primero se le dañó. Por ahí tiene una de las ruedas de la carreta, para trancar la puerta principal… ¿y las cabañas? Allí, sosteniéndose en cuatro horcones, por pura terquedad, para no caerse y darle gusto a la Gobernación…

¿Y con Clara Luz?

Déjelo así… le digo, déjelo así…

En la mañana cayó una lluvia fuerte. En el horizonte del mar hasta se vieron relámpagos y uno que otro trueno que se perdía en la distancia. Los habitantes dicen que siempre llueve duro en Semana Santa.

Los considero—nos dice—Con ese aguacero, debe haber caído mucha agua dentro de las cabañas—suelta la carcajada–. Como esta ese techo desbaratado, es mejor dormir afuera.

En la noche lo volvimos a ver. Ramiro estaba jugando dominó, con otros parroquianos, en la tienda La Abundancia, de doña Eufemia. Es una estancia pequeña, con estantes hechos con tablas y guadua. No ofrecen mucho, salvo arroz, aceite, sal, azúcar y café. También panes, pero llevan tres días en la vitrina. Los traen del puerto. están algo duros, pero no hay más…

Dígale a Clara Luz que haga algo por las cabañas, que se deje ver, aunque sea con alguito.

Volvimos a las cabañas. Hace un calor húmedo, aguantable. Y si, le vamos a decir a la Gobernadora que no se olvide de las cabañas que son para el uso de los servidores públicos… Y que se acuerde de los moradores de La Bocana, La Barra, Punta Soldado, Juanchaco y Ladrilleros que en época de campaña repetían con una sonrisa de esperanza: “La tenemos Clara“, pero hoy la ven más oscura que una noche sin estrellas en Buenaventura.


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La Fiscalía presentó escrito de acusación contra un coronel, un teniente y un patrullero. Investigaciones continúan. Otros oficiales y agentes terminarían involucrados en nuevos hechos de violencia en protesta social.

Publicado originalmente en el Portal Seguimiento.Co


Un fiscal de la Dirección Especializada contra las Violaciones a los Derechos Humanos presentó escrito de acusación contra un coronel, un teniente y un patrullero de la Policía Nacional por algunos de los homicidios y casos de lesiones personales ocurridos durante las jornadas de protesta programadas en Cali (Valle del Cauca), en 2021.

Los uniformados estarían involucrados en distintos hechos y tendrían diferentes niveles de posible participación. Los acusados son:

Patrullero Wilson Orlando Esparragoza Corcho. De acuerdo con el material de prueba y la evidencia técnica obtenida, sería el responsable de disparar el proyectil que le ocasionó la muerte a un joven que participaba en las movilizaciones que se registraron frente al CAI Villa del Sur, en el sector Puerto Rellena, la tarde del 28 de abril de 2021.

El funcionario, al parecer, accionó el arma de dotación contra los manifestantes. Para la Fiscalía, la víctima se encontraba en indefensión y no era una amenaza inminente para las personas. Así que el actuar del funcionario habría sido desproporcionado y violatorio de los principios que deben acompañar a quienes salvaguardan el orden. En ese sentido, la acusación es por el delito de homicidio agravado.

Teniente Néstor Fabio Mancilla Gonzaliaz. En su condición de comandante del Grupo de Operaciones Especiales (GOES) estaba a cargo de un componente de hombres que, supuestamente, disparó contra manifestantes y ciudadanos ajenos a las concentraciones sociales, en dos eventos diferentes.

El primero, sucedió el 30 de abril, en el barrio El Diamante. Aquí, dos personas murieron y otras dos resultaron heridas. El segundo, se registró en inmediaciones del barrio Siloé, la noche del 3 de mayo.  Este hecho dejó tres muertos y dos heridos.

La investigación da cuenta de que el oficial, supuestamente, falló en el deber de dirigir y controlar a los efectivos de su unidad, y no tomó las medidas necesarias para evitar más víctimas. El escrito indica que sería el posible responsable de los delitos de homicidio agravado y lesiones personales.

Coronel Edgar Vega Gómez. El oficial, en su momento, se desempeñaba como comandante operativo de la Policía Metropolitana de Cali. Adicionalmente, había sido designado como jefe de servicio y el encargado de orientar las acciones de sus subalternos para restablecer el orden, los días en los que se presentaron los eventos en los que estarían involucrados algunos integrantes del GOES, y por los que es procesado el teniente Mancilla Gonzaliaz.

El coronel Vega Gómez habría incumplido al compromiso institucional y constitucional de velar por la seguridad de los civiles participantes en las jornadas de protesta, y, presuntamente, no tomó los correctivos necesarios para evitar los excesos que se produjeron. De esta manera, es acusado por los delitos de homicidio agravado y lesiones personales.


Sugov03/30/2022
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7min1100

Todo parece indicar que las garantías sindicales brillan por su ausencia en la Gobernación del Valle del Cauca. A los guardas de tránsito les negaron el permiso para ir a la unificación de pliegos. Y en Salud, está prohibido enfermarse.

Un tintico para comenzar la jornada, antes que haga calor, porque en muchas oficinas no hay ni ventilador. Al mediodía el ambiente parece una sauna. El asunto ya se salió del círculo parroquial. Lo conocen todos:

–¿Cómo así que hoy inician la unificación de pliegos petitorios y, quienes van a participar, no tienen permiso sindical?

–Imagináte, ve. Como dicen por ahí: “Vuelve la burra al trigo…” y, también: “Vaca rompelona no olvida su portillo.”

–Vení, no me dejés con el cuento a medias… ¿De qué estás hablando? ¿Eso está pasando aquí? No, barajala más despacio…

–Pues mija, que los permisos sindicales llegan tarde y, en este caso, los compañeros asignados no pueden ir a la reunión de unificación de pliegos, porque no hay “permiso”. No están dando garantías para negociar… Mejor dicho, arrancamos con pie izquierdo.

–No, así tampoco. Y nosotros confiando que este año, pasada la pandemia, las cosas iban a cambiar…

–¿Cambiar? Puro cuento. ¿No se dio cuenta que, a los guardas de tránsito comisionados para ir a unificar pliego, les negaron el permiso?

–No digas. No te lo puedo creer. No montés películas. Si al Secretario de Movilidad uno lo ve en televisión todo comprensivo, sonriente…

–Mija, caras vemos, corazones no sabemos. Le dijo a los compañeros que no y parte sin novedad. Falto que les escribiera en el chat: “I´sorry for you…” o, en español valluno: “Llórelo…”

–¿Y si no se unifican pliegos?

–Pues, mija, no hay negociación. Y si no hay negociación, el ajuste salarial lo pagarán en diciembre, cuando a lo lejos se escuchen villancicos, huela a natilla y a buñueños, y todos estén cantando el Tuturumaina…

Ya alrededor se ha empezado a formar corrillo. Los compañeros no pueden creerlo. Mueven la cabeza con incredulidad.

–Como dicen, esto parece una telenovela…

–Pero, ténganse de la silla… la Secretaria de Salud le mandó a una líder de programa, una carta en la que le “pasa cuenta” de las horas que ha tenido que pedir para ir a citas médicas, le sacó en cara las incapacidades médicas porque está que la enloquecen, y hasta le relaciono los permisos que ha pedido para ir a reuniones del colegio de sus hijos o a reclamar medicamentos…

–No, esa vaina no te la creo… ¿La Secretaria de Salud? No, no, definitivamente no… ¿Es decir que nadie tiene derecho a enfermarse? No, definitivamente no. ¿Y la carta la firma una médica, que se supone, tiene sensibilidad humana? No.

–Pues créalo mija. La señala de “ausentismo laboral”, incluidas las incapacidades médicas. Los del SUGOV tienen la carta. Es insólita. Incluso Fernando Alexis sugirió que la enmarcaran y Heimer le dijo que era mejor pegarla en el “muro de la infamia”.

–Llegamos a niveles muy bajos, definitivamente. Eso es “persecución laboral”. ¿Y será que la gobernadora no se ha dado cuenta?

–Yo creo que no. No le dicen las cosas. Por ejemplo, no le han contado la “galleta” en la que se va a meter por el no pago de las incapacidades y los demás puntos que han incumplido con los Acuerdos Laborales…

–Ay, no, mija. Mejor me voy a mi escritorio. Ya hasta rabia me dio. Se me dañó la mañana, que vaina. No se puede ser así de injustos, y menos con los empleados y contratistas que se la juegan toda por la Gobernación y los descentralizados… Como dijo Condorito: dejamos de ser el “Valle Invencible”, para convertirnos en el “Valle Insensible”.

La mañana que comenzó algo fría, comienza a calentar. Todos se alejan más aburridos que un mico en un bonsai. No pueden creerlo. Que justo esto esté pasando en la administradora que tanto habla de las garantías a las organizaciones sindicales y de mejorar las condiciones del recurso humano.

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Sugov03/19/2022
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7min1020

 


Decenas de personas se dieron cita en esta convocatoria que hizo el SUGOV. Amigos, afiliados a la organización y simpatizantes, tributaron un reconocimiento a toda una vida de lucha del compañero, Álvaro Ruíz Erazo.

El homenaje al compañero gestor y uno de los principales fundadores del Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle del Cauca—SUGOV—, Álvaro Ruíz Erazo, se convirtió en un verdadero éxito.  Rebasó nuestras expectativas.

La representación de la administración departamental estuvo a cargo de la directora del Departamento Administrativo de Planeación, Lorena Sofía Velasco Franco, Karola Hernández, sub secretaría de Cultura del Valle y Luis Alfonso Cháves R, director del DADI. Por las organizaciones sindicales, el presidente de la CUT nacional, Francisco Maltés Tello; el presidente de la CUT Valle, Wilson Sáenz Manchola y Antonio Gutiérrez, de la misma directiva.

¿Y la asistencia? Más de cien personas. Además de quienes siguieron el evento en forma virtual. El Salón Gobernadores con lleno total.

Durante su intervención, el presidente nacional de la CUT, Francisco Maltés Tello, destacó la combatividad de una organización como el SUGOV y dijo, que en esta labor de defensa de los derechos de los trabajadores, incluyendo en su parte esencial a los servidores públicos, el aporte de Álvaro Ruíz Erazo ha sido relevante. “No hay palabras para resumir lo mucho que ha hecho el compañero Álvaro por el sindicalismo”, anotó y dijo que el gestor y uno de los fundadores de nuestra organización, ha ejercido en una época en la que dolorosamente han muerto más de 3000 dirigentes y activistas obreros. 

El escritor floridano, Leonel Bustamante, pronunció unas emotivas palabras de reconocimiento a Álvaro Ruíz Erazo. Proviniendo de alguien como él, quien es reconocido  por muchos años dedicado a las letras, su intervención fue a la vez la presentación oficial del libro “Mi Voz”, que escribió Álvaro. Nadie mejor que Leonel para presentar el libro de otro escritor.

Al intervenir en el evento, el periodista y dirigente sugoviano, Fernando Alexis Jiménez, puso de manifiesto que Álvaro Ruíz Erazo sentó las bases para la creación de un Sindicato como el SUGOV, que se fijó la meta de ser transparente y dar pasos sólidos hacia la recuperación de la credibilidad en el sindicalismo. Recordó que nuestra organización sindical ha traspasado las fronteras, siendo partícipe con amplio reconocimiento, en escenarios internacionales como Cuba y Venezuela.

Muchos de los presentes no pudieron impedir que se les humedecieran los ojos. “Álvaro ha sido un compañero, pero más allá, el amigo“, dijo e dirigente sugoviano, Heimer Bejarano Sandoval, quien tuvo a su cargo la apertura del evento.

La transmisión, en su totalidad, puede ser vista haciendo aquí>> https://bit.ly/3JrUMrd


Agradecemos los registros fotográficos de la comunicadora, Martha Cortés Buitrago, del compañero sugoviano, Carlos Alberto Salazar y la transmisión en redes a cargo de Andrés Estrada Sánchez.


El libro “Mi Voz” de Álvaro Ruíz Erazo, fue presentado en una ceremonia muy particular, de compañeros, al presidente de la CUT nacional, Francisco Maltés Tello. La presidente del SUGOV, Gicella Ochoa Bejarano, reconoció la trayectoria de Álvaro y dijo a los presentes, que gracias a la credibilidad que despierta, muchos que otrora tenían aversión al sindicalismo, se sumaron a nuestra organización.

 



Nosotros

El Sindicato Unitario de la Gobernación del Valle del Cauca-Diverso pero Unitario, es una Organización Sindical de Industria y/o rama de actividad económica de primer grado y mixta, que tiene en su seno a Servidores Públicos adscritos en los Niveles Central-Descentralizado, EICES-ESES-de Nivel Dptal. y Funcionaros de Educación planta FODE .


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